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jueves, 14 de diciembre de 2017

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La Victoria Estratégica capítulo 7

La entrada en Santo Domingo

(Capítulo 7)

Fidel y el Che en la Sierra Maestra.El 15 de junio, la fuerza enemiga que había alcanzado dos días antes El Descanso se movió desde ese punto hasta la boca de Los Lirios y entró en contacto visual con Lalo Sardiñas, quien me informó que se trataba de 400 guardias. La cifra, indudablemente, tal vez fuera alta, pero hay que tener en cuenta la impresión que debió causar al jefe guerrillero ver desfilar a pocos cientos de metros de su posición a casi un batallón completo de las fuerzas más experimentadas, y al jefe más agresivo y sanguinario del Ejército de Batista.

A esas alturas, el grueso de las tropas de Sánchez Mosquera se había reagrupado. El día 16, el Batallón 11, ya completamente reforzado, siguió su marcha paralela al firme de la Maestra y acampó en El Verraco. Se confirmó así mi evaluación táctica: el enemigo había cambiado la dirección de su golpe en este sector. En ese momento el objetivo inmediato que debía protegerse era Santo Domingo. Le ordené a Paco Cabrera Pupo que se ubicara con su escuadra en el alto de El Cacao para cubrir esa entrada, y a Lalo que se retirara al camino entre Rancho Claro y Loma Azul, desde donde podía actuar en distintas direcciones, según las circunstancias.

Raúl conversa con un niño de la Sierra.Ese mismo día, Ramiro me informó en dos mensajes por separado que el enemigo que presionaba a sus fuerzas cambió el rumbo después de llegar al alto de Quintero, en lo que parecía ser la retirada de un territorio ya conquistado, y que el grueso de las fuerzas del Batallón 11 había completado su movimiento hasta La Estrella. Se confirmó plenamente mi evaluación, aunque la certeza no la tuve hasta el día 20, al saber que la tropa que ocupó Santo Domingo era la misma que avanzaba desde Minas de Bueycito.

Desgraciadamente, no hemos podido localizar las órdenes de operaciones cursadas por el puesto de mando de Bayamo al Batallón 11, ni los informes de operaciones de Sánchez Mosquera. Por eso, no es posible conocer la versión oficial acerca del cambio de dirección efectuado en su avance por el sanguinario jefe enemigo. No podemos saber si se trató de una maniobra preconcebida, de una variante impuesta por las circunstancias o de un cambio de plan sobre la marcha.

Fidel a la entrada de un bohío.El hecho cierto es que la maniobra no correspondía a lo planteado en el plan primario de operaciones. Como ya se explicó, el Plan F-F contemplaba el establecimiento de una línea de Norte a Sur que cortaría el firme de la Maestra por las inmediaciones del alto de Palma Mocha. Desde el punto de vista de los estrategas de la tiranía, este aspecto del plan estaba siendo cumplido a la altura del 10 de junio. El Batallón 11 había logrado cierta penetración en territorio rebelde desde su punto de partida en Minas de Bueycito, mientras que el Batallón 18 ya había establecido con relativa facilidad su cabeza de playa en el Sur, en Las Cuevas. Por tanto, la hipótesis de que el cambio de dirección del Batallón 11 obedeció a una maniobra preconcebida no parece tener mucha sustentación.

Se debió tratar, pues, de una variante sobre la marcha, bien como resultado de una nueva planificación o ante el imperativo de las circunstancias. En favor de la primera hipótesis está el hecho de que el puesto de mando necesitaba concentrar en Estrada Palma las terminales de las líneas de abastecimiento de los batallones en operaciones en los frentes nordeste y noroeste, y desde allí sería muy difícil apoyar al Batallón 11 si este se mantenía operando al este de Los Lirios, sin una base intermedia avanzada. La base intermedia ideal, por supuesto, era Santo Domingo. Esta consideración pudo haber contribuido a variar el plan original en el sentido de lograr la ocupación de Santo Domingo y, luego, ascender por el río Yara hasta La Jeringa o algún punto anterior desde el cual se pudiera intentar el asalto al firme de la Maestra.

Sin embargo, no parece probable que un jefe como Sánchez Mosquera, tan cerca aparentemente de su objetivo primordial —coronar el firme de la Maestra— fuera persuadido de variar su dirección de ataque por esta única consideración. Debieron influir otros factores. A esta altura del razonamiento, lo único que cabe inferir es que la táctica de desgaste aplicada por las fuerzas rebeldes dio el resultado que se esperaba de ella. El avance desde Minas de Bueycito resultó demasiado arduo y costoso para el enemigo. La tenacidad y movilidad defensivas de los efectivos rebeldes minaron la disposición combativa del batallón, mermaron el empuje de su ofensiva y agotaron sus fuerzas. En estas circunstancias, en el ánimo del jefe del Batallón 11 podría resultar aconsejable intentar un rodeo que conduciría a esa unidad a una zona desde donde podría lanzarse un asalto más directo, en caso de que las condiciones fuesen favorables.

En el contexto de la conducta habitual de los mandos militares de la tiranía, no sería nada raro que la decisión de cambiar la dirección de su avance fuera tomada unilateralmente por el jefe del batallón, y que el puesto de mando de Bayamo la aceptara como un hecho consumado, y haya variado, en consecuencia, el plan de operaciones del Batallón 18, con el fin de que el ansiado encuentro de las dos unidades en el firme de la Maestra —primer paso definitivo hacia el cumplimiento del Plan F-F— se produjera más al Oeste de donde se planificó originalmente, esto sería a la altura de los cabezos del río La Plata, en lugar de un punto sobre la Maestra situado al este del firme de Palma Mocha.

Por supuesto, todo lo anterior es pura especulación. El hecho cierto es que entre el 12 y el 13 de junio, Sánchez Mosquera inició un cambio de dirección —no puede hablarse en propiedad de un repliegue, y mucho menos de una retirada—, y el día 16 ya el mando rebelde estaba plenamente apercibido de las implicaciones de ese cambio. Además de las medidas antes mencionadas, comencé a preparar en La Plata una escuadra de siete combatientes al mando de Huber Matos, armados todos con fusiles Garand, a los que pensé agregar dos más de la escuela de reclutas que pedí al Che.

Huber Matos, por cierto, era capitán por haberse distinguido en la construcción de trincheras. Había llegado a la Sierra en el avión que trajo a Miret y otros valiosos compañeros con dos ametralladoras 50, varias carabinas San Cristóbal y 100 000 balas de carabina M-1, que enviaba un amigo de la Revolución Cubana. Llevaba solo unos meses en la Sierra Maestra. Posteriormente, resultó ser un ambicioso y un traidor, que utilizaba los trucos anticomunistas para sembrar intrigas. No por ello ignoramos su participación en las acciones donde estuvo presente.

Este grupo salió de La Plata a reforzar a Paco Cabrera Pupo en el alto de El Cacao al amanecer del día 17. Ya a esa altura, yo estaba convencido de que por ahí era por donde el enemigo intentaría penetrar.

Ese mismo día llegó el Batallón 11 a El Cacao. Desde el día anterior, Paco Cabrera Pupo había ocupado la posición indicada por mí en el alto. Allí sus hombres cavaron algunas trincheras a lo largo del filo del firme, en un terreno completamente descubierto. Cerca de ellos, a pocos cientos de metros a la izquierda, estaban las casas de los campesinos Hilde Álvarez y Elpidio Cedeño, de quienes dependían durante su estancia allí para obtener un magro abastecimiento.

Tendidos en sus trincheras poco profundas, entre la hierba de guinea, los combatientes podían ver apenas algunas de las casas de El Cacao, abajo. La ladera que descendía delante de ellos hacia el valle estaba cubierta por un monte tupido, a través del cual serpenteaba en su ascenso el camino que presuntamente tomaría el enemigo si quería ganar el alto. Enfrente, a más de un kilómetro en línea recta, la prolongación del firme de Providencia hacia el Este cerraba casi todo el panorama. Detrás de ese firme y a la derecha, surgía otro alto, al que en la zona daban el nombre del Infierno.

A la izquierda, el estrecho filo del alto de El Cacao empata con el firme de la loma de El Brazón, cuya altura no sobrepasa la de aquel, mientras que a la derecha comienza a elevarse sin interrupción la falda imponente de la loma del Gallón. Detrás y abajo, muy abajo, Santo Domingo y el río Yara. A su espalda, el puñado de hombres que traía bajo su mando Paco Cabrera Pupo tenían una falda abrupta y pelada que cae 200 metros más abajo a la profunda cañada por donde se desliza entre el monte, a su encuentro con el Yara, el manso arroyo de Santo Domingo. Algunos campesinos habían edificado sus viviendas cerca del arroyo, en el fondo de la cañada, y le dieron al lugar, váyase a saber por qué, el nombre de La Manteca.

El 17, poco antes de la salida del sol, apareció el enemigo. Todavía estaba muy lejos. Ascendió desde El Verraco al firme del Infierno y comenzó el descenso hacia El Cacao. A esa misma hora, aproximadamente, apresté en La Plata el refuerzo y lo envié a Santo Domingo. A media mañana llegó el mensaje de Paco Cabrera Pupo en el que me informaba que el enemigo bajaba a El Cacao.

Los próximos movimientos de esta tropa estuvieron ya completamente claros para mí. Traían la misión de ocupar Santo Domingo. Defender este punto se convirtió en la máxima prioridad. La ocupación de Santo Domingo entrañaba un doble peligro: primero, la presencia de una tropa enemiga al pie mismo del corazón rebelde en La Plata; segundo, el debilitamiento de las posiciones avanzadas rebeldes en Providencia y Casa de Piedra, que tendrían al enemigo río arriba a sus espaldas. No en balde lo segundo fue lo que más me preocupó en ese momento, a pesar de que el peligro táctico era inmediato. Pero yo sabía perfectamente que, a la hora de la verdad, un puñado de hombres sabrían defender hasta el final la subida al firme de la Maestra por El Naranjo.

Para conjurar la nueva amenaza pedí con urgencia al Che que me enviara desde Minas de Frío una escuadra de seis hombres armados de M-1, al mando de Geonel Rodríguez, a los que pensaba enviar también de refuerzo al alto de El Cacao. Se trataba del personal de reserva con que contaba el Che para defenderse de cualquier intento de penetración del enemigo a las Minas desde San Lorenzo, pero una vez más se impuso en nuestras evaluaciones tácticas la primordial importancia del peligro inmediato.

Sánchez Mosquera estableció campamento al mediodía del día 17 en El Cacao, y envió rumbo a Estrada Palma un arria de mulos en busca de suministros.

Ese día me llegaron a La Plata diversos rumores e informaciones en el sentido de que ya el enemigo había efectuado el cruce hasta Santo Domingo. De ser así, los acontecimientos se habían precipitado en relación con mis cálculos. Mientras esperaba recibir confirmación de estas noticias de parte de Paco Cabrera Pupo, el jefe que había situado a cargo de la zona, tomé preventivamente, no obstante, diversas medidas. Ordené a Félix Duque que, de ser cierta la información, avanzara por el Yara, río arriba, y se situara lo más cerca posible del enemigo, con el fin de abrirle fuego y contenerlo si intentaba explorar río abajo; y a Eddy Suñol que se replegara río arriba para organizar la defensa de la entrada del río desde Providencia.

Estas disposiciones tenían un doble propósito. El inmediato era obvio, pero más significación tenía el que lo era menos. Aun cuando resultara falsa la noticia, yo estaba convencido de que sería muy difícil impedir la entrada del enemigo en Santo Domingo. Y como siempre procuré, y sigo procurando, ir por lo menos dos o tres pasos por delante de los acontecimientos, ya estaba formando en mi mente la idea de tender un cerco a la tropa que lograra penetrar en Santo Domingo.

Mientras tanto, el refuerzo había llegado al alto de El Cacao. Después de evaluar la situación sobre el terreno, Paco Cabrera Pupo y Huber Matos llegaron a la conclusión de que las posiciones en el alto no eran propicias. Consideraron, en primer lugar, que la tropa enemiga que subiera por la falda de El Cacao tenía la posibilidad de desplegarse y protegerse en el monte, una vez que sintiera fuego desde el alto, y rodear con relativa facilidad las posiciones rebeldes. Estas, además, quedaban descubiertas, malamente disimuladas entre la hierba de guinea y expuestas a un fácil ataque aéreo. Por último, la retirada tendría que efectuarse por la abrupta ladera de La Manteca, muy pelada y de trabajoso descenso, con la agravante de que ya el enemigo tendría tomado el alto.

Estas consideraciones, a mi juicio, podían tener cierta validez, pero partían de la premisa de abandonar la posición del alto y, como principio, siempre era preferible una fuerza guerrillera bien atrincherada cuando se trataba de contener a una tropa de infantería en ascenso. No obstante, Paco decidió trasladar su emboscada más atrás, al punto donde el camino que baja del alto de El Cacao a Santo Domingo cae por primera vez en el arroyo. El lugar, escogido después de una rápida exploración, tenía ventajas indiscutibles, y también inconvenientes. La fuerza rebelde podía ocultarse entre el monte y tomar posiciones no solo en el arroyo, sino también, a los dos lados, en las pendientes laderas del fondo de la cañada. Por otra parte, todo hacía suponer que el enemigo, que en ese momento llevaba cinco días sin encontrar resistencia, avanzara en orden de marcha de hilera a lo largo de todo el camino, sin precauciones especiales. Lo tupido del monte y lo escabroso del terreno harían dificultosa cualquier maniobra de rodeo que pudieran intentar los guardias después de caer en la emboscada. En suma, se trataba de un lugar propicio para efectuar una resistencia momentánea y causar cierto número de bajas al enemigo. Pero no parecía ser una posición defendible por tiempo indefinido, sobre todo, con tan poca cantidad de hombres. El plan de Paco Cabrera Pupo consistía en repetir pequeñas emboscadas del mismo tipo a lo largo del descenso hasta el río, pero conociendo de antemano que sería improbable impedir la llegada del enemigo hasta Santo Domingo.

En la noche del 17 recibí el informe de Paco acerca de las disposiciones adoptadas y, por tanto, la confirmación de que el enemigo no se había movido de El Cacao. En consecuencia, revisé las órdenes enviadas a Duque y Suñol en el sentido de que esperaran a que los guardias llegaran a Santo Domingo antes de realizar los movimientos que les había orientado anteriormente. La flexibilidad táctica que caracterizaba nuestra actuación nos permitía elaborar un nuevo plan de acuerdo con la situación cambiante. Al amanecer del 18 le comuniqué al Che mi apreciación de que el enemigo lograría penetrar en Santo Domingo:

[¼ ] en cuyo caso trataríamos de embotellarlo en la casa de Lucas [Castillo] y aprovechando las ventajas del terreno, no dejarlos subir ni bajar por el río, ni entrar para acá [para el alto de El Naranjo y La Plata], mientras Suñol quedaría impidiendo el avance desde Providencia.

Para ello yo contaba con cerrar el río por abajo con Duque, y por arriba con Lalo Sardiñas, a quien pensaba ordenar que en ese caso se moviera hacia Pueblo Nuevo, y tapar la subida por El Naranjo con las propias fuerzas de Paco Cabrera Pupo, reforzadas por las escuadras de Huber Matos y Geonel Rodríguez. Como se verá más adelante, este fue, en esencia, el plan que se aplicó en la primera Batalla de Santo Domingo.

A estas alturas éramos conscientes de que la entrada del enemigo en Santo Domingo era la señal para que se desatara con intensidad la ofensiva. En ese mismo mensaje al Che le escribí: "Si se produce choque en Santo Domingo se va a armar en todas partes". Mi plan era bajar al día siguiente lo más próximo posible a Santo Domingo para observar de cerca la situación. Sin embargo, los acontecimientos del día 19 en los otros dos sectores de la batalla me impidieron moverme de La Plata.

En Santo Domingo y El Naranjo, los vecinos no se habían movido de sus casas. Llevaban varios días de incertidumbre e inquietud. Los rumores sobre el acercamiento del Ejército eran contradictorios y alarmantes. La escuelita que mantenía Rolando Torres Sosa, llamado entre los rebeldes El Barberito, había seguido abierta a pesar de los frecuentes ametrallamientos y bombardeos en la zona. La armería de Luis Crespo, instalada en la casa de Clemente Verdecia en El Naranjo, continuaba funcionando, aunque se habían tomado todas las medidas para garantizar una evacuación rápida en caso necesario.

Los combatientes al mando de Paco Cabrera Pupo llevaban dos noches ocultos en la espesura del arroyo, unos 500 metros más arriba de las casas de La Manteca. No llegaban en total a 15 hombres. No hicieron campamento, no tendieron sus hamacas ni prepararon cocina. Llegaron al atardecer del día 17 seguros de que a la mañana siguiente ya estarían en combate. Esa primera noche la pasaron todos en tensión. Sabían que el enemigo, del otro lado del alto, era fuerte. No se enfrentarían con una patrulla ni un pelotón, ni siquiera con una compañía.

Amaneció el 18. Desde el fondo de la cañada percibían que el día había llegado porque el oscuro violeta del cielo se disolvió en una bruma gris a través de la espesura que los envolvía. Pasaron las primeras horas de la mañana mientras el sol en su ascenso iba diluyendo las sombras al fondo del valle.

El día transcurrió sin que el combatiente de guardia en el alto diera la alarma que todos esperaban ansiosos. Había un poco de desconcierto. ¿Y si toda la ansiedad resultaba innecesaria? ¿Y si los guardias habían seguido hacia Providencia en lugar de tomar el camino de Santo Domingo? Pero el observador, desde el alto, informó que el enemigo no se movía. Los hombres no podían siquiera cocinar, pues el humo los podía delatar. Además, ¿qué iban a poner en la candela? Desde que bajaron del alto no habían comido. No había nada que comer.

Después de trepar la ladera de El Cacao, el camino que lleva a Santo Domingo irrumpe en el monte y gana el firme entre la hierba de guinea; pasa junto a las casas como si quisiera dar oportunidad al caminante de recuperar aliento antes de iniciar el empinado descenso. Cortando una S tras otra en el ralo potrero, el sendero se precipita entonces hacia el fondo de la cañada. Es una bajada molesta. ¡Cómo será la subida! El que se mueve debe afincar con cautela el talón antes de atreverse a dar un nuevo paso. El jinete vacila, se desmonta, o bien decide confiar en el instinto ciego de la bestia. Cualquier precipitación o descuido puede provocar una caída que nadie sabe hasta dónde puede llevar rodando cuesta abajo. Si ha llovido, el suelo es doblemente traicionero: pendiente y, de contra, resbaloso. Pero casi peor es que haya sol. Alguna guásima retorcida o palma esbelta —árboles sin sombra— matizan a trechos el inacabable serpenteo del sendero. Abajo, lejos, el monte invita con frescura y agua. Abajo, lejos, la muerte aguardaba al enemigo.

Sánchez Mosquera no se movió en todo el día 18. Evidentemente, el puesto de mando de Bayamo quería sincronizar la entrada del Batallón 11 en Santo Domingo con ataques simultáneos en los otros dos sectores principales. El 19 de junio era el "Día-D" escogido por el enemigo para el inicio de la segunda fase de la ofensiva. Desde varios días atrás, las tropas del Batallón 19, del comandante Suárez Fowler, habían llegado a Arroyón, donde se limitaron a realizar fintas exploratorias en el camino hacia las Vegas. El 19 de junio lanzarían el ataque a fondo en combinación con el Batallón 17 del comandante Corzo, que avanzaba desde Las Mercedes. También desde el día anterior, el Batallón 18 del comandante Quevedo había iniciado su movimiento desde la costa, y debía llevarlo al día siguiente a entrar en contacto con las fuerzas rebeldes que protegían la entrada desde el Sur.

La tarde del 18 de junio le avisé a Paco Cabrera Pupo que al día siguiente le enviaría este refuerzo. En mi escueto mensaje le advertí: "No dejen entrar los guardias por ningún camino".

También le recomendaba que utilizara las minas. A esas alturas yo estaba ansioso por comprobar el resultado de los artefactos explosivos que, por mi iniciativa e insistencia, se habían preparado en el taller de armamentos de Luis Crespo en El Naranjo. De hecho, el tema era martillante en todas las comunicaciones que le dirigí por estos días a los jefes. Al Che le escribí el 18: "Tengo ya ganas de ver reventar una mina en la vanguardia de una tropa. Esa que viene de El Cacao se ha paseado. ¡Qué buena está para sorprenderla!".

Por la noche llegó a La Plata la escuadra de M-1 que mandaba el Che desde Minas de Frío al mando de Geonel Rodríguez.

"Verás que hoy va a haber función amplia", le anuncié al Che en un mensaje enviado a las 6:00 de la mañana del día 19, que amaneció claro y soleado. Ya en ese momento se escuchaban en La Plata los cañonazos que tiraba la fragata Máximo Gómez. Poco después de redactar el mensaje al Che, me dispuse a partir hacia Santo Domingo junto con los hombres de Geonel Rodríguez.

Más o menos a esa misma hora, el Batallón 11 inició su movimiento. Iba a la vanguardia la Compañía 96. El jefe del batallón ocupó una posición al centro de la columna en marcha, junto a la Compañía A. Cubría la retaguardia la Compañía 97. El movimiento fue detectado desde el alto de El Cacao por el observador de guardia con tal fin, un muchacho campesino hijo de un vecino de El Cacao de apellido Castellanos. Después de cerciorarse de la ruta que tomó la tropa, el muchacho se arrojó potrero abajo a plena carrera para avisar a Paco Cabrera Pupo que ya se aproximaba el enemigo.

Después de sortear la empinada cuesta, el sendero que baja hacia La Manteca penetra de nuevo en el monte. El terreno se nivela en la medida en que el camino va banqueando la bajada hacia el arroyo. Unos 200 metros después de entrar en la espesura, el camino cae por primera vez sobre la margen derecha del cristalino arroyo que baja de la falda de El Gallón. Inmediatamente antes se endereza después de una última curva del banqueo, cavada ya bastante por la erosión de las aguas y de cientos de miles de pisadas. Saltando sobre las piedras, el camino cruza el arroyo junto a una pequeña poza en la roca donde se acumula el gélido hilo de agua. A los dos lados, las márgenes ascienden dentro del monte espeso.

Paco Cabrera Pupo calculó que, en ese punto, la vanguardia de la columna enemiga, obligada a marchar en hilera por el estrecho sendero, se detendría a beber. Según el camino que traían, no habían visto agua desde que iniciaron el largo ascenso de la falda de El Cacao. Su idea era tender la bolsa de la emboscada alrededor de la poza del arroyo para tomar inadvertida a la vanguardia cuando se detuviera a refrescar. En la margen izquierda, del otro lado, en una posición desde donde se dominaban unos 30 metros de camino en su caída al agua después de su última curva, se situaron él, Huber Matos, Evelio Rodríguez Curbelo y un combatiente llamado Raulito, que estaba encargado de hacer estallar una mina. El monte clareaba un poco en la posición escogida. En la margen derecha, dominando un trozo de sendero antes de la última curva, se ubicó la mayor parte del personal del pelotón de Paco. En el centro, en el arroyo, Paco Cabrera González y Miguel Ángel Espinosa —el primero, detrás de una piedra grande, dentro del agua; y el otro, tras las raíces de un corpulento jagüey— tenían quizás la posición más peligrosa, pues estaban a menos de 30 metros del cruce del arroyo y de la poza. Estos combatientes eran los encargados de abrir el fuego cuando la punta de vanguardia se detuviera en el agua.

Cuando llegó jadeante el observador rebelde que estaba en el alto, los combatientes ocuparon presurosos sus posiciones respectivas. Se sucedieron los interminables minutos que siempre preceden a un combate. La visibilidad era nula; el enemigo sería avistado en el último momento.

Poco antes de las 7:00 de la mañana, el pelotón de avanzada de la Compañía 96 alcanzó el alto. Allí esperaron unos minutos a que se reuniera el resto del personal de su compañía, que venía subiendo trabajosamente la cuesta. Los ánimos estaban exaltados. Esperaban encontrar resistencia antes de alcanzar el firme. Exploraron el filo de la altura y descubrieron las trincheras abiertas cuatro días antes por los combatientes del grupo de Paco Cabrera Pupo. Pasaron el informe al jefe del batallón, que venía más abajo. Este ordenó continuar la marcha, ya estaba seguro de que entraría en Santo Domingo sin disparar un solo tiro.

En el camino, la vanguardia enemiga obligó a un haitiano, residente en El Cacao, a que continuara delante como práctico. El hombre, asustado, señaló con el dedo la bifurcación del camino: a la derecha hacia El Brazón, a la izquierda a La Manteca y Santo Domingo. El jefe de la compañía, capitán Orlando Enrizo, le ordenó que siguiera adelante en la segunda dirección.

Comenzaron el laborioso descenso; iban conversando y bromeando, de cuando en cuando se escuchaba alguna palabrota si alguien resbalaba o perdía el equilibrio y tenía que sujetarse ligero del primer plantón de hierba a su alcance. Poco a poco iban llegando a los labios del monte. Se aproximaban sin precaución.

Desde sus posiciones, los rebeldes emboscados escuchaban el avance de los primeros soldados; sintieron sus conversaciones y sus gritos. Experimentaron la extraña y mixta sensación de saber que se acercaba un enemigo todavía invisible, al que los ojos aún no habían dado una tranquilizadora dimensión humana. Los primeros en divisar al enemigo fueron los combatientes apostados sobre la margen derecha. De inmediato hicieron la señal que esperaban impacientes los del otro lado y los dos hombres que estaban en el arroyo. Paco me contó después que en ese momento todos se tensaron con las armas preparadas. Era una sensación conocida para todos nosotros, la de los últimos instantes antes del comienzo del combate.

Según el relato que escuché a los combatientes de esta emboscada, el primer soldado que apareció en el campo visual limitado de los dos rebeldes en el arroyo, era un hombre negro, corpulento. Llevaba su fusil, un Garand, colgado del hombro. Se detuvo un instante. Buscó la continuación del trillo del otro lado del arroyo. Entró en el agua y dio unos pasos en dirección a la piedra tras la cual estaba agazapado Paco Cabrera González. Detrás de él aparecieron otros cuatro o cinco guardias. También entró el haitiano.

De repente, el soldado que venía delante se detuvo, repentinamente petrificado. Por detrás de la piedra había surgido una figura barbuda, con un sombrero tejano y un fusil en la mano. Los ojos del soldado se abrieron desmesurados, y tan solo atinó a proferir un grito. El combatiente rebelde disparó apenas a 10 metros de distancia.

En un segundo la cañada retumbó con el fuego rebelde. Paco Cabrera Pupo comenzó a disparar con su Beretta. Un instante después, el combatiente encargado de la mina juntó las puntas de los cables y estalló el artefacto explosivo en el recodo del camino, adonde habían llegado también otros miembros de la vanguardia enemiga. Los que habían alcanzado el agua se pegaron aterrados a la orilla izquierda de la poza, donde la piedra formaba una pequeña faralla. Del camino, otros se tiraron al arroyo. Casi ninguno hizo ademán de defenderse. El haitiano, al sentir el primer disparo, saltó sobre las piedras y, rápido como una flecha, pasó por detrás de Paco Cabrera González. Este, ocupado en disparar y en cargar apresuradamente dos o tres tiros cada vez en el depósito de su Springfield, con el que disparaba, lo miró aprensivo: "¡No mata! ¡No mata!", gritó sin parar el haitiano. Allí mismo quedó, a la espalda del combatiente rebelde, sumergido en el agua hasta la nariz y gritando espantado, durante el combate.

En los primeros minutos, el fuego enemigo fue desorganizado. Todos disparaban, los que estaban en el camino detrás del recodo de la mina, los que venían más atrás, incluso, los que permanecían todavía en el alto. Pero disparaban desconcertados, a todas partes y a ninguna. En el alto un morterista emplazó su arma y lanzó dos o tres proyectiles sin rumbo.

Transcurrieron unos 20 minutos de combate. El jefe de la compañía logró dar las órdenes necesarias, y envió sus otros dos pelotones a flanquear por ambos lados la emboscada rebelde.

Con mucho trabajo y gran despliegue de fusilería, el pelotón que avanzaba por la falda derecha alcanzó la misma línea de las posiciones rebeldes, loma arriba. Paco Cabrera Pupo se dio cuenta de la maniobra y ordenó la retirada. El primer combate había dado el resultado que se deseaba. Al enemigo se le contaron no menos de 12 bajas en la vanguardia. Los combatientes rebeldes se replegaron ilesos, a pesar del intenso fuego enemigo y de la proximidad con que se desarrolló el combate. La acción había durado poco más de media hora. El fuego se calmó momentáneamente, mientras los guardias se reagrupaban y recogían a sus heridos y muertos. Eran alrededor de las 7:45 de la mañana.

En Santo Domingo y El Naranjo, los vecinos comenzaron a abandonar precipitadamente sus casas cuando sintieron el inicio del combate. Escondieron en el monte sus pocos muebles, su ropa, todo lo que no podían llevarse. Dejaron sus casas vacías. Mientras el padre y los hijos mayores se ocupaban de esta faena, la madre ensartaba su rosario de niños pequeños, y con el recién nacido en los brazos, iniciaba el ascenso hacia el firme de El Naranjo, o hacia Gamboa, o río arriba a Pueblo Nuevo, hacia donde pudiera encontrar refugio para ella y su familia. Las casas de La Manteca también quedaron solas, pero de aquí no hubo tiempo de llevarse nada.

Unos cuantos cientos de metros más abajo, Paco Cabrera Pupo preparó una segunda emboscada, similar a la primera, de acuerdo con las instrucciones recibidas. Arriba, en el alto, Sánchez Mosquera ordenó continuar el avance por el arroyo y por las dos faldas laterales. No quería correr el riesgo de caer en una segunda trampa y seguir perdiendo hombres, lo cual dañaba su prestigio de hábil táctico antiguerrillero. Al mismo tiempo ordenó avanzar en zafarrancho de combate, peinando sin cesar el monte con un continuo fuego de registro en el que intervenían, no solo la fusilería, sino también, las bazucas y los morteros.

Sánchez Mosquera había decidido, además, hacer a los campesinos pagar cruelmente el apoyo que él presumía había brindado a los combatientes guerrilleros. Las casas de La Manteca por las que pasó su tropa, enardecida por el revés sufrido y por la marihuana y por los demás estimulantes que llevaban en sus mochilas casi todos los soldados del Batallón 11, fueron reducidas a cenizas. Así, entre otras, las pobres viviendas de Plácido Vaillant, de Lucrecia Santana, de Eduardo e Ismael Tamayo, ardieron junto con lo que estas familias poseían en el mundo. La tropa cargó a su paso con los animales que encontraba —gallinas, patos, guanajos, lechones—, se llevó el café, el cacao, el arroz, las viandas, todo lo que servía de botín. En media hora las familias de La Manteca quedaron arruinadas.

Después del enfrentamiento, Paco Cabrera Pupo me envió un mensaje urgente. Yo había escuchado el combate que se venía desarrollando desde poco después de las 7:00 de la mañana, mientras bajaba por la falda del firme de El Naranjo con la escuadra de Geonel. Solicité al Che el envío urgente de los últimos siete hombres de reserva de los que se podía disponer en Minas de Frío. Otro mensajero rebelde había salido en busca de Lalo Sardiñas con la orden de que también se trasladara de inmediato a la zona.

Los guardias poco después avanzaban desplegados. Paco Cabrera Pupo comprendió que nada podía hacer por contenerlos con la docena de hombres con que contaba. En consecuencia, ordenó la retirada. Los combatientes bajaron hasta la casa de Lucas Castillo, cruzaron el río Yara hacia su margen izquierda y ocuparon posición en el estribo terminal del firme de Gamboa, frente a la casa de Lucas. A su derecha les quedaba el arroyo de El Naranjo y un poco más atrás, abajo, la armería de Crespo y las otras casas de El Naranjo. Desde esa posición pensaban resistir cualquier intento de avance ulterior del enemigo hacia el firme de la Maestra, si así lo pretendieran después de ocupar Santo Domingo.

A las 10:20 de la mañana los primeros soldados terminaron el descenso del arroyo y salieron al río Yara. Comenzaron a explorar los alrededores de la casa de Lucas Castillo, en la margen derecha, y a hacer preparativos de campamento. Al parecer, no tenían intenciones de seguir avanzando, aunque mantuvieron un fuego indiscriminado con todo tipo de armas. Desde el estribo de Gamboa, al otro lado del río, los observaban los hombres que esa misma mañana les habían hecho pagar con un alto precio de sangre su intento de penetración en el corazón del territorio rebelde.

La escuadra de Geonel se unió al grupo de Paco Cabrera Pupo cuando ya los combatientes estaban llegando en su retirada a El Naranjo. En la Comandancia solo quedaba un fusil, el mío, y gran número de minas, los cables y los fulminantes pertinentes, que podían, incluso, hacerse estallar simultáneamente, con los cuales me acercaba a la zona de Lucas Castillo, si los guardias superaban con rapidez la resistencia de Paco Cabrera Pupo. Pensaba crear rápidamente un campo de minas que podían activarse al unísono. Tuve que regresar con todas ellas antes de alcanzar el punto.

Poco después de su llegada a la casa abandonada de Lucas Castillo, que de inmediato ocupó como puesto de mando, Sánchez Mosquera ordenó la salida de dos pelotones río abajo, con la misión de sacar a los heridos del combate. Desde su punto de observación, los combatientes rebeldes contaron siete camillas. Es una pena no haber dispuesto en aquel momento de suficientes hombres para haber cubierto también esa previsible ruta enemiga de refuerzo o evacuación, pues un segundo golpe ese mismo día —y este podía haber sido más efectivo— hubiese sido sumamente desmoralizador para el prepotente Sánchez Mosquera.

Los muertos fueron recogidos y sepultados al fondo de la casa de Lucas. Con este grupo el jefe del batallón dio inicio a un cementerio particular a donde fue enterrando todos los muertos de su tropa durante los 40 días que permanecería en Santo Domingo, muchos de los cuales ni siquiera reportó a sus mandos superiores. Al final, los rebeldes descubrieron cerca de 100 tumbas, en algunas de las cuales habría más de una persona enterrada. Este cementerio acogió también los cadáveres de las víctimas campesinas de la crueldad de este sanguinario jefe enemigo, entre ellas, el propio Lucas Castillo y varios miembros de su familia, quienes fueron asesinados alevosamente pocos días después.

La tropa que despachó el jefe del Batallón 11 con los siete heridos, bajó sin tropiezo por todo el río, y esa noche acampó en Casa de Piedra. Duque había observado el movimiento desde el firme de Gamboa cuando se dirigía al mediodía a ocupar posiciones por la zona de Leoncito, lugar inmediatamente contiguo a Santo Domingo, aguas abajo del río. Viró para tratar de interceptarla en caso de que la misión de esta tropa fuera subir por el arroyo de El Cristo hacia El Toro o Gamboa y la Maestra. En ese momento, las fuerzas de Duque sumaban un total de nueve hombres.

Al día siguiente, esta fuerza enemiga pasó por Providencia y siguió la marcha sin tropiezos hasta Estrada Palma, donde entregó los heridos. La ubicación posterior de este pelotón correspondería al terreno de la conjetura. No ha sido posible determinar si quedó separado del resto del batallón y no participó, por tanto, en la primera Batalla de Santo Domingo, o si, por el contrario, volvió a su base de operaciones. En este segundo caso, ¿regresó por el río o entró por El Cacao desde Providencia? Si lo hizo por el río, ¿por qué no fue interceptada? Son interrogantes que, más de 30 años después, corresponde aún aclarar a los historiadores.

Todo parece indicar que el camino del río no fue cubierto por tropas rebeldes hasta el 29 de junio. Las dos fuerzas principales que operaban en la zona fueron ubicadas por mí en los principales firmes de acceso a la Maestra: la de Duque en el estribo de Gamboa frente a Santo Domingo, y la de Suñol en El Toro. No estaban, pues, en posición de cerrar la vía del propio río, que al parecer quedó expedita para los movimientos de los guardias durante los días inmediatamente posteriores a la entrada del Batallón 11 en Santo Domingo.

En cumplimiento de mis instrucciones, Suñol se retiró de sus posiciones en Providencia después de la entrada de Mosquera en aquel punto. Entre los papeles hay un documento del 20 de junio, esto es, al día siguiente del Combate de La Manteca, en el que le informé al Che que "Suñol se retiró perfectamente bien, sin perder absolutamente nada. Está cuidando ya la entrada de la Maestra [es decir, del firme] por el Cristo y El Toro".

El mantenimiento de la posición avanzada en Providencia ya no tenía sentido después de la ocupación tanto de Santo Domingo como de las Vegas de Jibacoa. Por cualquiera de las dos direcciones el enemigo podría salir a la retaguardia de las posiciones rebeldes en Providencia. Durante las semanas subsiguientes, esta zona quedaría patrullada únicamente por el grupo de escopeteros al mando de Urbano Garcés, hijo del colaborador campesino Polo Garcés, y conocido por el sobrenombre de Viejo. Esta escuadra tendría la misión de vigilar los movimientos enemigos y, en la medida de sus posibilidades, hostigarlos.

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