lunes, 22 de julio de 2019
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Titulares


quijote-picaso-01-hDr.C. Julio César Hernández Perera

Antonio Béguez César fue un destacado médico pediatra que nació en Santiago de Cuba el 12 de marzo de 1895. Se graduó de bachiller en 1914 en el «Instituto de segunda enseñanza» de su ciudad natal. Al terminar, viajó a la capital cubana para estudiar medicina en la Universidad de La Habana. Se graduó como médico en 1919 y regresó a su Santiago de Cuba con la aspiración de obtener una plaza en el hospital «Saturnino Lora». El ansiado anhelo no pudo cumplirse en el recién graduado que buscaba un lugar para poder ejercer su profesión. Tampoco pudo encontrar trabajo en otras instituciones asistenciales de la ciudad oriental, como el «Centro gallego» y la «Clínica española».

No tuvo otra alternativa que marchar a la ciudad de Cárdenas, Matanzas. En esa otra ciudad costera, le habían ofrecido una plaza como médico por un parco sueldo. Estuvo en ese lugar hasta el año 1921, cuando a causa de la enfermedad de su madre, estuvo forzado a regresar a la ciudad que lo vio nacer. Los obstáculos prosiguieron en su vida, siempre saturada de serios problemas financieros, pero a pesar de ello, en no pocas ocasiones brindó asistencia médica sin obtener sueldo alguno. Trabajó en un pequeño hospital de «Comas» y hacía consultas privadas para su sustento y la de su familia. En 1929, junto a otros médicos, fundó en el hospital «Saturnino Lora» una sala para la atención especial de niños, todo ello, sin recibir sueldo alguno. El local contó con la caridad de las «Damas Isabelinas», quienes donaron 30 camas, mesas de cura y algunas sillas. Nació así la sala «Alberto Parreño», considerada por muchos como la semilla de la pediatría en Santiago de Cuba. A partir de este momento se había establecido en el joven galeno su verdadera pasión profesional: la atención médica de los niños.

Su intenso quehacer, dedicación y prestigio, le concedió la fortuna de rodearse de un gran número de amigos y colegas, que buscaban en aquella sala de niños enfermos, adentrarse en ese particular espacio donde se fusionaba la sensibilidad y el conocimiento científico. Su trabajo no se enmarcó solamente en el trabajo clínico, por la necesidad y las condiciones del hospital, que carecía de un servicio de Anatomía Patológica, se vio precisado a realizar las autopsias a los fallecidos, y así estudiar las causas de sus muertes.

En 1936, a golpe de sacrificio, voluntad y autoridad, se materializó unos de sus sueños de recién graduado: un empleo como médico en el hospital «Saturnino Lora», y así, la nueva posibilidad de tener un sueldo. Fue nombrado en aquel entonces como Jefe del servicio de la sala de niños.

El descubrimiento de una nueva enfermedad

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En el tiempo que se desempeñó como médico en la sala de pediatría «Alberto Parreño», aconteció un hecho que le hizo ganar una reputación nacional e internacional. Corría el año 1933, cuando atendió a un niño que procedía de una consulta privada. Por alguna razón especial, le llamó poderosamente la atención. Quizás, fue una particular sensibilidad que le provocaron los ojos tristes y la debilidad del niño gravemente enfermo. Poco tiempo transcurrió para que la muerte llenara de nostalgia el corazón del galeno que poco pudo hacer a pesar de grandes esfuerzos y agotar todas las posibilidades que tenía a su alcance. Le mortificaba haberse sentido incompetente por no poder precisar la causa de esa enfermedad mortal que tanto lo afligía.

No pasó mucho tiempo, cuando causalmente atendió a otros dos enfermos con similares síntomas y signos. Para mayor asombro, eran hermanos del fallecido. El desenlace final de ellos fue la misma y se percató al instante, que algo raro ocurría en esa familia. Dedicó entonces largas horas de estudio para determinar las causas de estas tres muertes, y se convirtió este objetivo, en uno de sus mayores retos científicos. Retomó la revisión exhaustiva de las historias clínicas y llegó a conclusiones sorprendentes. Sin temor a equivocarse refería que estaba en presencia de una misma enfermedad que hasta ese momento era desconocida. La llamó como «neutropenia crónica maligna familiar» y estos hallazgos los publicó en el «Boletín de la Sociedad cubana de pediatría» en 1943.

La enfermedad descrita era un trastorno multisistémico, metabólico y familiar, que se caracterizaba por la existencia de granulaciones anormales en los leucocitos y elevada susceptibilidad para las infecciones. Con posterioridad, en el mundo fue descrita también por los médicos Alexander Moisés Chédiak en 1952 y Otokata Higashi en 1954. Por eso, en el mundo se le conoce con frecuencia como síndrome de Chediak-Higashi o síndrome de Beguez César-Steinbrinck-Chédiak-Higashi, aunque se puede referir también como enfermedad de Béguez César. Esta afección se acompaña de una larga lista de anomalías y malformaciones como el albinismo parcial, la fotofobia y la hiperhidrosis. Puede acontecer en estos enfermos la existencia de neuropatía progresiva con debilidad muscular. Es una enfermedad genética que afecta a ambos sexos -probablemente autosómico recesivo-. Se ha reportado que puede ser vista en hijos de padres consanguíneos. Su pronóstico es malo y los niños mueren generalmente entre los 5 y 10 años de edad, asociados a infecciones o a linfomas. En la actualidad es enmarcada dentro de un grupo de enfermedades conocidas como «raras», si se tiene en cuenta que en el mundo se han reportado menos de 500 casos en los últimos 20 años.

Por la dedicación y el prestigio alcanzado, Béguez, durante la creación de la Sociedad cubana de pediatría de Oriente en 1934, fue nombrado como su primer presidente. Como tal, participó en 1935 en la «Primera jornada nacional de pediatría», celebrada en la ciudad de Camagüey. Otros aportes que hizo a la pediatría fueron: el primer reporte en Cuba -en 1936- de la enfermedad conocida como «Enfermedad de Weir-Mitchell», en 1936, y el primer reporte de craneofaringioma en niños en 1939.

Otros pasajes de la vida de Béguez

En 1940, llegó a asumir la presidencia el dictador Fulgencio Batista y entre las primeras acciones de cambio, Béguez quedó cesante de su cargo como médico del «Saturnino Lora». Pero gracias a la gestión de sus amigos de la Sociedad cubana de pediatría de La Habana se le volvió a conceder el puesto. Estas acciones se repitieron una y otra vez durante cada nuevo periodo presidencial de la época como causa de su postura e ideal, considerado en varias ocasiones como «persona desafecta al régimen». En varias oportunidades se jugó la vida al brindar su hogar como escondite de los jóvenes revolucionarios perseguidos por los esbirros de la tiranía batistiana. Se había identificado rápidamente con el ideal de lucha del Movimiento 26 de julio.

Al llegar el Triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959, Béguez tenía 64 años de edad. Fue de los pocos médicos que optó por quedarse en Cuba y apoyar a su proceso revolucionario. Ahora había encontrado una nueva motivación, siempre vinculada a la salud de los niños. Empezó a dirigir la sala de niños del Hospital provincial de Santiago de Cuba, que se había inaugurado recientemente. Estuvo en este cargo hasta julio de 1960 cuando pasó a dirigir la sala de niños del Hospital Infantil Norte (ONDI) de Santiago de Cuba.

Al cumplir 45 años de vida profesional en el campo de la pediatría fue galardonado con el Diploma de Mérito de la Sociedad cubana de pediatría y Diplona de honor, conferido por el Ministerio de Salud Pública. En el marco de la «Primera jornada latinoamericana de estudios cooperativos en Hematología», que contaba con la asistencia de delegados latinoamericanos, se le declara como descubridor de la mal llamada enfermedad de Chediak-Higashi.

Béguez murió el 11 de febrero de 1975, en su tierra natal de Santiago de Cuba, poco antes de cumplir 80 años de edad. Del legado de este gran médico cubano recordamos con orgullo sus lecciones, no haber guardado en su alcázar sus saberes y poderlo recordar para siempre como el paradigma de médico modesto y humilde para las nuevas generaciones.

Referencias bibliográficas

León Guevara A, Goyo Rivas J. Yo, Antonio Béguez Cesar, médico cubano. Rev Cubana Pediatr. 1999,71:254-8.


 
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