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jueves, 19 de octubre de 2017

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La Victoria Estratégica capítulo 9

La Plata amenazada

(Capítulo 9)

Los días 19 y 20 de junio fueron posiblemente los más críticos de toda la ofensiva. En el transcurso de esas jornadas, como ya hemos relatado en los capítulos anteriores, las fuerzas enemigas lograron ocupar Santo Domingo y las Vegas de Jibacoa, bases de operaciones potencialmente muy importantes para el posterior asalto al reducto rebelde en el firme de la Maestra, y alcanzaron una penetración profunda en el territorio rebelde desde el Sur después de ser rechazadas por la pequeña fuerza de Ramón Paz en La Caridad.

Fidel y Luis Crespo, responsable de la armería de la Columna 1, en El Naranjo.

Para nosotros, lo peor durante los dos días, como también hemos visto, fue, por una parte, la convicción de que al menos en uno de esos frentes —el de las Vegas— la resistencia no había sido todo lo eficaz y decidida que hubiese hecho falta, y, por la otra, la incertidumbre ante la carencia de informaciones precisas de lo que estaba ocurriendo en el Sur. Pero, incluso, ante esta realidad, que me provocaba, como es de suponer, profunda inquietud, hice un esfuerzo por evaluar serenamente la nueva situación creada y tomar una serie de medidas con el fin de aplicar el plan previsto para una eventualidad de este tipo.

Incluso, en este momento en que el enemigo llevaba la iniciativa táctica, nuestros planes no contemplaban simplemente la defensa escalonada del territorio rebelde. En una guerra clásica, pudiera suponerse que en una coyuntura así lo que procedía era aplicar a plenitud las ideas y estrategias concebidas según las características del terreno y la disponibilidad de fuerzas propias.

Celia, Fidel y Haydée sentados en un secadero de café, en abril de 1958.

En efecto, una de las líneas dominantes en mis razonamientos estratégicos, desde el comienzo mismo de la ofensiva enemiga, era el aprovechamiento del terreno. Específicamente, el empleo en beneficio de nuestros planes de la topografía característica de la Sierra Maestra, matizada por valles o depresiones rodeadas de alturas. En la práctica, no me preocupaba mucho que alguna de las unidades enemigas lograra penetrar en el territorio donde se había concentrado la defensa rebelde, siempre que la unidad cayera en uno de esos valles o depresiones. En realidad, no podía dejar de hacerlo, ya que en los valles de la Sierra es donde se encuentran dos de los elementos más importantes para el sostenimiento de un contingente relativamente numeroso de tropas, a saber, el agua y las vías de comunicación más expeditas, que, aun cuando discurren en parte de su recorrido por los firmes de la montaña, tienden a buscar el curso de los ríos o arroyos que de manera invariable corren por el fondo de esas depresiones.

Una tropa estacionada en un valle de la Sierra Maestra era blanco propicio para el establecimiento de un cerco a lo largo de las alturas circundantes. Con una ubicación así —y teniendo en cuenta que un asalto frontal a una altura es siempre, en todo tipo de guerra, una de las operaciones más difíciles, y más aún dadas las características montuosas de la mayor parte de las laderas de la Sierra en aquel momento— la tropa sitiada tenía tanto en teoría como en la práctica pocas posibilidades de salir de la situación en que se encontrara si no contaba con apoyo exterior; en otras palabras, si no disponía de refuerzos que acudieran a romper el cerco desde fuera y ayudar a salir a la tropa cercada.

Como operación militar, el cerco suele ser de carácter netamente ofensivo. Su intención, por lo general, es lograr la rendición de la tropa sitiada por hambre, o buscar el agotamiento de sus recursos defensivos mediante acciones de desgaste, con el fin de poder lanzar al final un asalto a la posición cercada, en caso que fuese necesario. Pero puede darse otro tipo de cerco, cuyo objetivo sea solo contener cualquier movimiento ofensivo de la tropa asediada. Este último da al cerco, más que un carácter ofensivo, uno contraofensivo.

La operación que yo tenía en mente, como primera fase de la respuesta a la amenaza planteada por la tropa enemiga que logró penetrar en Santo Domingo el 19 de junio, pudiera ser caracterizada como una combinación de estos dos tipos de cerco.

Desde el día anterior, cuando llegué a la conclusión realista de que no iba a ser posible impedir la entrada del enemigo en ese lugar, en mi mente comenzó a conformarse el plan de establecer eventualmente el cerco a la tropa. Pero no vaya a pensarse que, en ese momento, el objetivo principal a que aspiraba era, como instancia inmediata, la captura de la fuerza enemiga que iba a ser cercada, lo cual solo podría lograrse mediante un asalto frontal. Era obvio que a esas alturas la correlación de fuerzas no nos permitía emprender una acción de tal naturaleza, que, por otra parte, podría provocar un número considerable de bajas en nuestras filas. El enemigo mantenía aún la iniciativa y sus tropas se encontraban más o menos intactas, avanzaba de manera simultánea desde tres direcciones. Nosotros no estábamos en condiciones de concentrar en una operación, por un tiempo relativamente prolongado, la cantidad de fuerzas necesarias para establecer una correlación local adecuada. Eso significaría debilitar demasiado las líneas defensivas opuestas a las otras direcciones de ataque del enemigo, lo cual podría traer consecuencias desastrosas.

El cerco que tenía en mente, en esta primera fase, era fundamentalmente de contención. No había sido posible evitar la penetración en el territorio rebelde. Lo que cabía hacer ahora era no dejar a esa fuerza enemiga dar un paso más, ni adelante ni atrás. En otras palabras, para utilizar la expresión que yo mismo empleé en el mensaje al Che del 18 de junio, ya citado, de lo que se trataba era de "embotellar" al enemigo. O como le escribí a Suñol ese mismo día, antes de la ocupación de Santo Domingo por los guardias:

Caso que los soldados bajen por el Cacao y logren entrar en S. D. [Santo Domingo] después de combatir con Paco [Cabrera Pupo], entonces no los vamos a dejar seguir ni para abajo ni para arriba ni para adentro de la Sierra, no quedándoles otro camino que regresar por donde han venido si [no] es que se lo tapamos también, cosa que no resultaría muy fácil porque ese firme [el alto de El Cacao] está completamente pelado.

No obstante, ese cerco podría desempeñar también un papel ofensivo en la medida en que fuera capaz de desgastar y desmoralizar al enemigo atrapado en Santo Domingo, así como, preparar los medios necesarios para golpear o destruir los refuerzos enviados en su auxilio. De esa manera, tal vez crearían condiciones propicias para, en una segunda instancia, lograr la rendición de la tropa sitiada.

La fluida situación táctica que se produjo el día 19 me obligó a variar provisionalmente este plan, al menos en lo que se refería al cierre del camino del río Yara, aguas abajo de Santo Domingo, para el que había pensado utilizar la pequeña fuerza de Félix Duque, y ya había dado las órdenes pertinentes. No podía pensarse por el momento en la ocupación del alto de El Cacao, aparte del hecho de que estuviera "completamente pelado", mientras existiese aún alguna tropa enemiga considerable en la zona de El Verraco. Cualquier fuerza rebelde estacionada en aquel alto quedaría entre tres fuegos: por delante desde Santo Domingo, por detrás desde la dirección de El Verraco y El Cacao, y por arriba desde el aire, en un firme donde no había posibilidad de encubrimiento contra un ataque de la aviación.

Por estas razones, el plan de cercar a la tropa de Santo Domingo no se ejecutó en su totalidad desde los primeros momentos. Como ya mencioné, la vía del río quedó descubierta, y lo seguiría estando en los días siguientes por la necesidad prioritaria de cerrar todos los accesos al firme de la Maestra al oeste de Gamboa. El alto de El Cacao sería ocupado de nuevo el 29 de junio, después de que el resto de la tropa enemiga ubicada del otro lado cruzara y se incorporara a la de Santo Domingo.

En su lugar, lo que se estableció de inmediato fue una línea defensiva de contención que abarcaba las direcciones por las que no se podía permitir de ninguna manera un avance ulterior del enemigo. Estas dos direcciones fueron, por supuesto, la del curso superior del río Yara y la del firme de El Naranjo, que conducían de manera más o menos directa a una penetración a fondo en el "territorio básico" rebelde.

En cuanto al firme de El Naranjo, la misión de impedir todo avance ulterior correspondía, en un primer momento, a la misma tropita de Paco Cabrera Pupo que combatió en La Manteca, a la que se había incorporado el grupo a las órdenes de Huber Matos, reforzada ahora por el de Geonel Rodríguez, llegado inmediatamente después de ese combate. Pero en los días subsiguientes a la entrada del enemigo en Santo Domingo fui fortaleciendo de manera progresiva esta línea con la incorporación de nuevas fuerzas extraídas de otras zonas de operaciones.

Como parte de este reforzamiento defensivo en el área del alto de El Naranjo, alrededor del día 22, ubiqué personalmente a la escuadra de Dunney Pérez Álamo, que había estado en la playa de La Plata como parte de las fuerzas de Pedro Miret y a la que había ordenado permanecer en la zona de la Comandancia de La Plata después de su retirada en ocasión del desembarco de la Compañía G-4 en ese lugar el día 20. Las nuevas posiciones de este personal serían en la bajada de El Naranjo, del otro lado, y muy cerca del firme de La Plata, en el punto donde entroncaban el camino de El Naranjo con el de Los Mogos. La gente de Álamo debía cubrir cualquiera de esas dos direcciones en caso necesario. Este grupo, de unos 20 hombres, también permanecería por el momento en condición de reserva para ser utilizado según las circunstancias y, posteriormente, formaría parte del cerco en Santo Domingo.

Mandé también a buscar una escuadra perteneciente a las fuerzas de Camilo, la cual fue separada del resto de esa tropa y quedó en la zona de Agualrevés con Ramiro; la ubiqué cerca y a la izquierda de la posición de Lalo Sardiñas, al comienzo del firme de Los Mogos. Esta escuadra, de unos seis o siete hombres, estaba al mando de Zenén Meriño.

El día 26 envié también al firme de El Naranjo a nuestra principal arma pesada, la "artillería": la escuadra de la ametralladora calibre 50 al mando de Braulio Curuneaux. En los días finales del mes de junio situé al pelotón de René Ramos Latour, Daniel —quien había llegado el día 23 a La Plata al frente de un grupo de refuerzo procedente de Santiago de Cuba—, más o menos a mitad de distancia entre esas posiciones y el alto de la Maestra, como segundo escalón de reserva que entraría en acción en caso necesario. Esta relativa concentración de fuerzas demuestra la importancia concedida a la defensa de la subida de El Naranjo, la vía más directa para el asalto al firme de la Maestra en las cercanías de La Plata.

Todas las escuadras de la primera línea de contención hubieran estado subordinadas a Paco Cabrera Pupo, salvo el grupito de Zenén Meriño, que por su ubicación se subordinaría al mando de Lalo Sardiñas en Pueblo Nuevo. Pero, precisamente por estos días, Paco Cabrera Pupo enfermó, con un dolor apendicular agudo en el costado derecho, y tuvo que retirarse; como consecuencia de esto, no pudo asumir funciones de combatiente durante el resto de la ofensiva. En ausencia de Paco, no me quedó otra alternativa que confiar el mando general de esta línea a Huber Matos.

El día 20, el grupo de Paco Cabrera Pupo se había trasladado al otro lado del arroyo de El Naranjo, y ocupado posiciones en el camino que sube por el arroyo, un poco más arriba de la casa de Clemente Verdecia, la misma que había servido hasta pocos días atrás de taller de confección de bombas y reparación de armas. En ese lugar se podía hacer resistencia tanto en el caso de que los guardias intentaran subir por el arroyo para ocupar El Naranjo, como en el de que tomaran hacia el firme, pues ese camino salía unos 100 metros detrás de la posición ocupada por Paco.

Fue de allí de donde Paco Cabrera Pupo se tuvo que retirar el día 22 ó 23 hacia La Plata. Durante esos dos o tres días, el enemigo no intentó entrar por El Naranjo. Se limitó a hacer algunas exploraciones por las faldas de los estribos que caen sobre la margen izquierda del Yara, a los lados del arroyo de El Naranjo.

Después que Huber Matos asumió el mando, di la orden de dividir el grupo en tres. Una pequeña escuadra de cuatro o cinco hombres, al mando de Paco Cabrera González, ocupó dos trincheras existentes en el punto donde el camino que subía al firme de El Naranjo entraba en el monte y comenzaba a ascender, después de dejar atrás las primeras casas de El Naranjo y un tramo de potrero. La escuadra de Geonel Rodríguez se ubicó en el mismo alto de la loma de Sabicú, a la izquierda del camino. Huber Matos, por su parte, se instaló con el resto del personal en otras trincheras en un punto intermedio de la subida al firme, en pleno monte de la falda de Sabicú.

La idea de esta distribución era cubrir dos de las posibilidades de avance de los guardias, en caso de que intentaran subir al firme de El Naranjo, a saber, por el camino —faldeando la loma de Sabicú— o de frente, a monte traviesa, para ganar directamente el alto de Sabicú. En cada caso chocarían con los grupos de abajo y de arriba, respectivamente, mientras que la función del grupo intermedio de Huber Matos era reforzar arriba o abajo, donde hiciera falta. La escuadra de Geonel, además, debía prevenir la posibilidad de que el enemigo intentara ganar el firme por la falda opuesta a El Naranjo, esto es, por la ladera del arroyo de Los Mogos.

Muchos de nuestros combatientes, a quienes correspondió ocupar posiciones en esta línea, encontraron sus trincheras ya hechas. Esta falda del firme de El Naranjo, por su proximidad a las instalaciones de la Comandancia de La Plata, había sido uno de los lugares donde trabajamos con más intensidad en la preparación del terreno, con vistas a la defensa del corazón de nuestro territorio.

Colateral al firme de El Naranjo estaba el estribo del firme de Gamboa, que muere en el río Yara frente a Santo Domingo, allí donde se había situado primero Paco Cabrera Pupo inmediatamente después del Combate de La Manteca. Al pasar Paco al estribo de El Naranjo, envié a Félix Duque a cubrir esta otra importante vía de posible acceso al alto de la Maestra por esta zona. La escuadra de Duque, que en ese momento contaba con no más de 10 hombres, se ubicó muy cerca de la mitad del camino entre el río Yara y el alto de la Maestra.

Otra entrada a la propia Maestra que podía ser utilizada por los guardias era la vía de los lugares conocidos como El Cristo y El Toro, por donde se accedía al firme de la llamada tiendecita de la Maestra, ubicada en la zona de Jiménez, entre La Plata y Mompié. Este acceso fue cubierto de inmediato por la escuadra de Eddy Suñol, cuyas posiciones en Providencia carecían de sentido después de la entrada del enemigo en Santo Domingo.

En lo que respecta a la segunda vía principal, la de río arriba, desde el 18 de junio, cuando recibí las primeras informaciones no confirmadas —que resultaron inciertas— de que el enemigo ya había penetrado en Santo Domingo, le ordené a Lalo Sardiñas que bajara con sus hombres por La Jeringa y se situara lo más cerca posible de los guardias por el camino del río. Los hombres de Lalo realizaron a marcha forzada, esa misma noche, la difícil y agotadora caminata por Loma Azul, y llegaron al río Yara, a la altura de la finca de Gustavo Sierra en Santana, al amanecer del 19, casi al mismo tiempo en que comenzaban los tiros en La Manteca. Al día siguiente, ya habían tomado posiciones en la zona de Pueblo Nuevo, a poco menos de dos kilómetros aguas arriba de la casa de Lucas Castillo en Santo Domingo, donde Sánchez Mosquera instaló su puesto de mando.

Cualquier tropa estacionada en Santo Domingo tenía cuatro rutas posibles en caso de que su intención fuese penetrar más profundamente en el territorio rebelde. Tres de ellas conducían de forma directa al firme de la Maestra. La más occidental era la que subía por todo el estribo de Gamboa, cuyo acceso estaba cubierto por Duque. La seguía hacia el Este, la vía que tomaba por el arroyo de El Naranjo y la falda de la loma de Sabicú hasta el firme de El Naranjo, y a lo largo de este hasta el alto de la Maestra, muy cerca de la Comandancia de La Plata y de las instalaciones de Radio Rebelde. La tercera de estas rutas era un sendero que salía de Pueblo Nuevo, más allá del arroyo de Los Mogos, y entroncaba con el camino de El Naranjo cerca del firme de la Maestra. La unión de estas dos vías era la posición defendida por Álamo. Por último, la cuarta ruta probable era seguir aguas arriba por el camino del río Yara, con intención después de desviarse a la derecha hacia el firme, bien por el camino que subía por Santana o bien por La Jeringa, a ganar la Maestra cerca del alto de Palma Mocha. La ruta de Gamboa llevaría al enemigo al oeste de la Comandancia; y las de Santana o Palma Mocha, al este. Conducían directamente a la zona de la Comandancia los caminos de El Naranjo y de Los Mogos, que se unían, como se ha dicho, muy cerca del firme.

La posición que le ordené tomar a Lalo Sardiñas a la altura de Pueblo Nuevo tenía precisamente como objetivo cubrir, tanto la eventual subida de la tropa enemiga río arriba, como la posibilidad de un intento de ascender por el camino de Los Mogos. En un mensaje que le envié al amanecer del día 21, le di instrucciones expresas a Lalo para que se posicionara más abajo del sendero de Los Mogos, que sería, además, su vía de retirada en caso necesario, y le advertí:

Es preciso combatir duro. Cada pedazo de terreno que se retroceda tiene que ser después de haberlo defendido duramente. Cuando estés ya en el trillo que sube a la Maestra tienes que parapetarte y no dejarlos pasar.

A toda costa había que impedir que el enemigo alcanzara el firme de la Maestra, del cual aparentemente lo separaba solo un paso. Yo estaba convencido de haber evaluado de un modo certero las intenciones enemigas, y estaba dispuesto a hacerle pagar bien caro ese paso. Se trata, quizás, del momento más crítico, en el orden táctico, de toda la ofensiva. No obstante, se mantenía inalterable mi confianza en la capacidad defensiva de las fuerzas rebeldes en esa zona. Al Che le informo el propio día 20:

La situación aquí ha mejorado algo pero sigue todavía imprecisa.

La tropa de la casa de Lucas no se ha movido un metro hacia arriba o hacia Naranjo donde están nuestras emboscadas prácticamente dobles [...]. Lalo está ya en Santo Domingo cuidando el camino por ese lado [...].

Lalo, en definitiva, temiendo que en caso de un encuentro los guardias pudieran alcanzar una altura en la margen derecha del río desde la cual podrían batir o envolver la emboscada rebelde, ocupó una posición aproximadamente 200 metros más atrás de la indicada, pero todavía delante del camino de Los Mogos. Allí había distribuido los 23 hombres de su tropa a los lados del río y del camino, entre los cafetales cercanos a la casa del colaborador campesino Mario Maguera. De este lugar a la casa de Lucas Castillo, donde tenía instalado Sánchez Mosquera su puesto de mando, había unos 1 200 metros por el río.

En aquel momento, el pelotón de Lalo Sardiñas contaba apenas con 11 armas, de las cuales unas siete se podían considerar más o menos efectivas. Las demás eran escopetas y mosquetones Máuser. En cuanto a parque, las armas más provistas disponían de entre 60 y 80 tiros. Uno de los fusiles contaba tan solo con ocho tiros. El aspecto general de esta pequeña tropa, mal vestida y peor calzada, provocó que muchos combatientes rebeldes se refirieran a ella como "los descamisados". Por otra parte, aunque ya en ese momento la situación había mejorado considerablemente gracias a la ayuda del propio Mario Maguera y, sobre todo, de Feliciano Rivero —un haitiano cuyo chalé estaba construido sobre la margen izquierda del río, unos 600 metros más atrás de la emboscada—, las largas semanas que permanecieron en la zona de Los Lirios habían sido difíciles para ellos en cuanto a la alimentación.

Dentro de la disposición operativa prevista en el plan de operaciones del Ejército, la fuerza de choque al mando del teniente coronel Sánchez Mosquera estaría compuesta por su batallón —el número 11— y por el Batallón 22, a las órdenes directas del comandante Eugenio Menéndez. Esta segunda unidad tendría en un inicio la misión de marchar a la zaga de la otra, para asegurar su retaguardia y sus líneas de abastecimiento.

Después del 12 de junio, al producirse el cambio de dirección en el avance del Batallón 11, la otra unidad varió también la ruta de su marcha y siguió la misma que tomó Sánchez Mosquera. Entre los dos batallones se mantenía siempre una distancia aproximada, equivalente a dos días de marcha.

El 19 de junio, el Batallón 22 se encontraba en El Verraco. Recibí la confirmación de esta noticia en un mensaje que me envío Lalo Sardiñas al llegar a La Jeringa, donde me informaba con bastante precisión que se trataba de una tropa de 300 hombres. El propio día 19, Almeida también me comunicó sobre la presencia de esta tropa en El Verraco y apreció, erróneamente, que se movía en dirección a Estrada Palma.

Esta situación fue motivo de inquietud para nosotros durante los días críticos del 19 y el 20 de junio. A Lalo le ordené que dejara algunos hombres en el alto de San Francisco, para prever la posibilidad de que esta fuerza enemiga intentara el cruce hacia el río Yara por una ruta paralela a la de Sánchez Mosquera, pero mucho más al Este, con lo cual caería a la retaguardia de la posición que le había ordenado ocupar al propio Lalo en Pueblo Nuevo y crearía una situación sumamente complicada. El 20 de junio le comuniqué esta preocupación al Che. En el mensaje que le mandé califico la probabilidad de ese movimiento como un "factor nuevo que puede presentarse" y que alteraría otra vez mi plan. Y al día siguiente, en otro mensaje a Paz, que estaba en el frente sur, volví sobre el mismo tema:

Por el momento no hay peligro de que suba tropa desde Santo Domingo hacia la Maestra por el camino de Palma Mocha [el de Santana], pues la tropa enemiga que llegó a Santo Domingo la tenemos medio embotellada en casa de Lucas [Castillo], pero ese peligro puede surgir si del Verraco o del Cacao, entran tropas por San Francisco o la Jeringa hacia los cabezos del río Yara, Santo Domingo arriba.

Cuando esa situación se presente confío resolverla si Cuevas acaba de aparecer con su pelotón y los reclutas que llevó. Ni qué decir tiene que si además llega Camilo entonces vamos a abusar de los guardias.

En realidad, como quedará demostrado por los hechos, mi apreciación acerca del punto de destino de esta fuerza era correcta. Lo que varió fue la ruta escogida. Apenas se resiste la tentación de especular lo que hubiera ocurrido si el Batallón 22 hubiese intentado hacer el cruce hacia el río Yara por el alto de San Francisco. Tal vez no lo hicieron porque el mando enemigo consideró que esa vía estaba muy defendida, cuando lo cierto era que en ese momento no había nadie cuidando el camino de San Francisco. Lalo no recuerda haber dejado personal en aquel momento en esa posición.

El 21 de junio, Guillermo García, quien había venido siguiendo una ruta paralela al enemigo por los firmes desde que se produjo el cambio de dirección, estaba por la zona de Agualrevés y La Jeringa, e informó que la tropa se encontraba a la altura de Rancho Claro. Con la llegada del capitán Guillermo a esta zona se aliviaba un tanto la amenaza táctica, pues los combatientes de que disponía podían ofrecer una primera resistencia efectiva en caso de que el enemigo intentara el cruce hacia el río Yara.

Teniendo en cuenta la situación planteada por estas dos fuerzas enemigas, y previendo además el cerco que yo pensaba tender alrededor de Santo Domingo, le había ordenado a Andrés Cuevas que se posicionara en la zona de Rascacielo, a poco más de un kilómetro al este del firme de La Plata. Cuevas llegó a ese lugar el día 22. Desde allí podía actuar como reserva, en cualquiera de las dos direcciones en que su presencia como refuerzo fuese necesaria, ya que estaba más o menos equidistante de Santo Domingo y de La Jeringa. Los hombres de Cuevas llegaron a Rascacielo después de otra fatigosa jornada desde el alto de La Caridad. La situación material de esta tropa rebelde era bastante difícil. Como se recordará, habían perdido sus mochilas en La Caridad, capturadas por los soldados del comandante Quevedo, el 19 de junio. Cuevas me escribió el día 23:

[...] lo que necesitamos es que nos mande algo con que abrigarnos, que anoche 9 hombres no pudimos dormir porque hace aquí mucho frío y no tenemos nada, y sobre los zapatos Ud. sabe que con las caminas que hemos dado habemos unos cuantos que están descalzos. De mercancías tenemos un hombre que nos sirve viandas, nos hace falta sal y si no un poco de carne salada de la de Yeyo [Gello Argelís] que esa nos sirve y también unos frijoles.

A despecho de estas penurias, la disposición combativa del bravo capitán rebelde y sus hombres no había decaído: "[...] este es un buen lugar para esperar los soldados", me decía Cuevas en el mismo mensaje.

Salvo pequeñas patrullas de exploración que enviaba a corta distancia de su campamento, Sánchez Mosquera no realizó ningún movimiento durante varios días después de su entrada en Santo Domingo. Todo parecía indicar que, de acuerdo con un plan preconcebido, estaba esperando la llegada del segundo batallón, que componía su fuerza de asalto, antes de dar el siguiente paso.

Pero no todo era tiempo perdido para este teniente coronel que había ganado sus estrellas asesinando campesinos. Ante la inminencia de la llegada de los guardias, Lucas Castillo había abandonado su casa, junto con toda su familia, y se había refugiado en el monte. Sánchez Mosquera le envió un recado con una de sus hijas: "Dile al viejo que regrese a su casa, que cómo va a estar pasando trabajo en el monte, que no tiene nada que temer".

Lucas Castillo, ingenuamente, confió en esa palabra y se presentó a los pocos días. Los detalles de lo que ocurrió después nadie puede testimoniarlos a ciencia cierta. El caso es que tras la presurosa retirada de Sánchez Mosquera a finales de julio, el cadáver de Lucas Castillo, baleado y bayoneteado, apareció en una de las decenas de tumbas cavadas en el cafetal contiguo a su propia casa, que sirvió de improvisado cementerio para las múltiples bajas y víctimas inocentes de los guardias. Junto con el anciano, fueron masacrados otros cuatro campesinos, dos de ellos miembros de su familia, con los que el oficial asesino quiso saciar su vesania o vengar cobardemente su impotencia.

Estos días de inactividad en Santo Domingo coincidieron, en otros frentes, con el desembarco del grueso del Batallón 18 en la boca de La Plata, y el inicio de la penetración de esa fuerza enemiga a lo largo de todo el río desde el Sur. Sin embargo, no será sino hasta el día 26 por la noche cuando llegarán las tropas de Quevedo a Jigüe y establecerán campamento en ese lugar. En cuanto al sector noroeste, después de la ocupación de las Vegas de Jibacoa el día 20, las fuerzas enemigas no habían realizado ningún otro movimiento de significación.

Por tanto, en los días inmediatamente posteriores al 20 de junio, el peligro principal, en el orden táctico, estaba planteado por las fuerzas enemigas ubicadas en Santo Domingo, las que habían penetrado más a fondo y se encontraban, al parecer, a un paso del corazón del territorio rebelde.

El 24 de junio, cinco días después de la llegada de Sánchez Mosquera a Santo Domingo, ocurrió un hecho al parecer intrascendente, pero que ejerció una influencia considerable en los acontecimientos posteriores.

A media mañana de ese día, una patrullita de tres guardias a caballo se acercó por el río hasta el arroyo de Los Mogos, y comenzó a subir por la margen izquierda. Al parecer, más que con ánimo de explorar, se habían aventurado hasta allí, a un kilómetro de las últimas líneas del perímetro del campamento enemigo en Santo Domingo, en busca de unas reses y unos mulos que, según noticias recibidas, andaban sueltos por la zona. Este ganado significaba comida para el campamento, donde nunca venía mal un suplemento alimentario, que se sustraía de la población campesina y de los rebeldes. Los tres guardias avanzaban confiados; los fusiles amarrados en las monturas. Evidentemente, no tenían información sobre la existencia de rebeldes en ese lugar, o no creían probable que estuvieran tan cerca del campamento enemigo.

Los hombres de Lalo Sardiñas estaban en sus posiciones a lo largo de la carrera de Júpiter que sube por el lomo del estribo. Llevaban cuatro días allí, esperando en cualquier momento ver la aparición del batallón completo acampado en Santo Domingo. Al ver acercarse a los soldados a caballo, uno de los combatientes de Lalo disparó su arma. Otros rebeldes creyeron que era la señal para abrir fuego y comenzaron también a disparar.

Los tres guardias, sorprendidos y asustados, viraron grupas y trataron de escapar. Una de las bestias cayó herida, pero el jinete saltó a tiempo, agarró su fusil y siguió corriendo loma abajo junto a sus dos compañeros, hasta que se perdieron en el monte de la orilla del río.

Todavía sonaban disparos cuando a lo largo de la fila rebelde se corrió la voz de retirada. Al parecer, en la confusión general, alguien creyó que Lalo había dado la orden. Los combatientes comenzaron a ascender por el arroyo de Los Mogos y se reunieron en la casa del campesino Nando Alba. Allí les llegó por la tarde mi orden de que subieran todos a La Plata.

Yo recibí las primeras informaciones sobre este tiroteo apenas dos horas después. La primera versión que llegó a La Plata estaba magnificada. A tal punto era así, que a las 11:15 de la mañana del día 24, en un mensaje a Paz, le escribí:

Ya le hemos dado otro combate a los guardias, en el mismo Santo Domingo, en casa de Mario [Maguera] y tuvieron que retroceder de nuevo a casa de Lucas. No hemos abandonado el río.

Sin embargo, poco después, el incidente fue cobrando su verdadera dimensión. Me fui enterando de que se trató de unos tiros desorganizados a una patrulla de tres guardias a caballo, que se gastaron balas y no se ocuparon armas ni parque. Se delató, pues, una posición sin obtener nada a cambio. Pero me enteré, además, de que el grupo rebelde se había retirado sin justificación, a pesar de mis constantes exhortaciones, en el sentido de que cada pulgada de terreno tenía que ser defendida con las uñas y los dientes, y no podía ser cedida más que cuando no quedara otro remedio. El incidente podía echar a perder el plan de cerco que ya en ese momento estaba elaborando. No era, por cierto, de buen humor como mandé buscar a Lalo y a sus hombres.

Supe después que en la Sierra fueron siempre famosos y temidos mis disgustos ante cualquier manifestación de incompetencia, indisciplina o negligencia. Supongo que ya se sabía que yo no me mordía la lengua cuando tenía delante al responsable, aunque, por lo general, media hora después estaba bromeando con él o —como se dice— suavizando un poco el regaño. Quería hacerlos pensar, hurgar en su vergüenza, no herirlos; todos eran absolutamente voluntarios y sus sacrificios eran grandes. En este caso, me consta que los que recibieron mi reprimenda aquella vez todavía se estremecen al recordarlo. Debe ser que estaba tan molesto con lo ocurrido que fui particularmente duro.

No recuerdo de manera exacta todo lo que les dije a los miembros del pelotón de Lalo. Me parece que de lo que menos los acusé fue de ser unos comevacas, un calificativo muy duro entre los combatientes. Estuve a punto de pasarle las armas a otros ansiosos por luchar, lo cual constituía el más duro castigo que podía aplicarse. Pero les manifesté que tendrían que regresar a la misma posición, y que no podían dejar pasar por allí al enemigo, vinieran cuantos vinieran; que tenían que fortificar sus posiciones, y que no podían dar un paso atrás; si los guardias lograban romper la defensa por ese lugar sería porque ya no quedaría uno solo de ellos; al que subiera en retirada lo estaría esperando yo con una calibre 50 en el alto. Nunca le hablé así a nadie. ¡Qué trabajo me costó enviarlos otra vez a aquel punto crítico!

Esperaba a los hombres de Cuevas para darles la tarea, pero no habían llegado todavía.

A algunos de los combatientes del grupo de Lalo se les llenaron los ojos de lágrimas de coraje y vergüenza. Otros argumentaron que habían recibido la orden de retirada, pero que estaban dispuestos a volver a la posición. Al poco rato, después de haberme calmado un poco, les di algunas balas y dos minas, y los mandé de regreso.

Los acontecimientos posteriores parecen indicar que el tremendo regaño mío cumplió su papel. Por lo visto, mis palabras calaron hondo en el amor propio de aquellos rebeldes. Los combatientes del pequeño grupo de Lalo Sardiñas regresaron a ocupar sus posiciones dispuestos, en efecto, a morir todos antes que dar un solo paso atrás. Algunos de ellos, incluso, según supe después, hicieron un secreto juramento colectivo de que la próxima vez no habría retirada, aunque la orden fuese dada.

Lalo no ocupó exactamente la misma posición. Esta vez situó a sus hombres cerrando el camino del río, a los dos lados, unos 350 metros más atrás. En el propio cauce del río, donde el camino cae al agua desde la margen derecha en uno de los innumerables pasos de su serpenteante recorrido, se distribuyeron entre las piedras Lalo y la mayor parte de sus hombres. Otros se ubicaron entre las sombras y los troncos del umbroso cafetal de la margen izquierda. Del otro lado, en el cafetal de la margen derecha, un tercer grupo cerró la U de la emboscada. Pocos metros más atrás de nuestra línea, asciende hacia el firme de Los Mogos el camino que entronca arriba con el del firme de El Naranjo.

En el firmecito de la carrera de Júpiter, de la parte izquierda del arroyo, se ubicó la escuadra de siete hombres al mando de Zenén Meriño, que pertenecía a la tropa de Camilo. La escuadra había aparecido días antes por la zona de Agualrevés, y Ramiro me la había enviado a La Plata. Era parte del reforzamiento de la zona que yo había solicitado y Camilo mandó por delante. Di instrucciones de ubicarla en un trillo que subía a la Comandancia.

Al otro lado del río, a la altura de la casa del campesino Benito García, los combatientes de Lalo Sardiñas colocaron una de las minas, cuyo funcionamiento estaría a cargo de Joaquín La Rosa, desde el cafetal de la izquierda. La emboscada, así conformada en Pueblo Nuevo, resultaba una trampa mortífera.

Como ya expliqué, a los pocos días de la llegada de los guardias a Santo Domingo comenzamos a ejecutar el plan de cerco de esa tropa. Decidí aplicar la táctica de encerrar y hostilizar al enemigo en su campamento, con el fin de provocar el envío de refuerzos desde fuera o un intento de ruptura del cerco desde dentro. En cualquiera de los dos casos el enemigo sería sorprendido en movimiento por las emboscadas convenientemente situadas en todas las vías de acceso o retirada.

Esta era, por supuesto, la táctica que habíamos ido aplicando y perfeccionando durante la guerra y que terminaríamos de perfilar en todos sus detalles en la lucha contra la ofensiva enemiga, hasta alcanzar su éxito más rotundo y su ejecución más limpia en la Batalla de Jigüe, y hacia el final de la guerra en la Batalla de Guisa. Pero todavía en este momento, Quevedo no había penetrado desde el Sur, y las tropas de Las Mercedes y las Vegas no daban nuevas señales de actividad.

En los días posteriores al 20 de junio, como ya dije, el Batallón 11 representaba el peligro inmediato y más cercano para las posiciones esenciales del territorio rebelde.

Mi intención inicial, en efecto, era declarar un cerco en toda regla a las fuerzas enemigas acampadas en Santo Domingo, lo cual provocaría, quizás, el envío de refuerzos desde Estrada Palma. Ningún ejército puede dejar abandonada una tropa a su suerte sin correr el riesgo de que su moral combativa y sus planes concluyan por derrumbarse. Lo que debía lograrse era crear líneas lo suficientemente sólidas que fuesen capaces, en el caso de que llegaran los posibles refuerzos, no solo de detenerlos, sino también de destruirlos y, en cuanto a la tropa sitiada, de mantener una presión apreciable que lograra el desgaste y la desmoralización del enemigo, y estar en condiciones de darle un golpe final a la posición cercada si las condiciones fuesen favorables.

A la altura del día 24, cuando ocurrió el incidente de los tres guardias a caballo, ya estábamos dando los pasos para completar la organización del cerco. "Estoy planeando una encerrona buena", le escribí a Paz ese día. En este mismo mensaje le pedí al capitán rebelde que me enviara para el día siguiente la ametralladora calibre 50 de Braulio Curuneaux: "[...] para cuyo uso tengo formidables posiciones y puede decidir el éxito del plan". A la otra calibre 50 se le partió una pieza que no pudo ser resuelta, pero la de Curuneaux heredó todas las balas.

Los guardias se habían atrincherado bien alrededor de la casa de Lucas Castillo. Hacía falta sacarlos de sus cuevas con el fuego pesado de la "artillería" rebelde.

Desde la loma de Sabicú se dominaba el campamento enemigo, a unos 400 metros en línea recta y abajo. Curuneaux se instaló el día 26 de junio en el firme de El Naranjo, unos 100 metros detrás del alto de Sabicú.

El propio día 24 mandé a buscar también la escuadra de Roberto Elías, que cuidaba el camino de Palma Mocha más arriba de la casa de Emilio Cabrera. Para ese momento se había determinado que no quedaban guardias en esa dirección. La escuadra de Elías fue asignada como refuerzo a Duque en el firme de Gamboa.

Al día siguiente, Camilo llegó con 40 hombres a El Descanso, y así me lo informó: "Siguiendo sus instrucciones voy hacia Santo Domingo", me escribió, "[...] vamos un poco lentos, todos estamos agotados, los hombres hacen un esfuerzo grande, hace 10 noches no dormimos [...]". Debo decir que recibí esta noticia con extraordinaria alegría. Yo sabía bien que con la llegada de Camilo podía contar con un jefe experimentado, valiente y responsable, y con una tropa decidida y aguerrida cuya participación en el plan de cerco significaba una inyección de fuerzas importante. "Me alegro muchísimo de tu arribo", le contesté a Camilo el día 27 en un mensaje en el que le indicaba que prosiguiera la marcha hasta la casa del Santaclarero en La Plata, donde yo estaba en ese momento. Y le agregué: "Has llegado en el momento más oportuno". El 27, Camilo alcanzó la zona de La Jeringa, a unas dos leguas de camino de La Plata. Desde allí me escribió: "Todos queremos nos dé el lugar donde más haya que pelear y le prometo que no subirán, a no ser cuando se termine el parque, y sabremos ahorrarlo".

Ese mismo día le ordené a Guillermo García que se moviera con todo su personal al alto de San Francisco. Una vez allí, esperaría la llegada de otras fuerzas que estaba reuniendo —algunas de ellas debía enviarlas Almeida— y ocupar El Cacao. La intención de este movimiento era tener a Guillermo en posición de cerrar una de las dos vías más probables de llegada de refuerzos a Santo Domingo desde Estrada Palma. Para la otra ruta, que era el camino del río, tenía pensado utilizar a Camilo, con una emboscada en Casa de Piedra.

La escasez de fuerzas rebeldes en este sector me obligaba a replantear con rapidez la disposición de nuestros combatientes para el cerco. A la altura del 27 de junio, estaba considerando mover al personal de Lalo para la zona de La Manteca, y cubrir las posiciones de Pueblo Nuevo con la gente de Cuevas. A Suñol le ordené bajar al río Yara y ocupar la región de Leoncito, pues con Camilo en el camino de Casa de Piedra —hacia donde pensaba mover también a Duque— no parecía ser necesaria la presencia de aquel personal en la subida de El Cristo. Con estos movimientos, el cerco de Santo Domingo quedaría casi totalmente conformado.

Sin embargo, como demostración de lo fluida que resultaba ser la situación general en estos días finales de junio, ese mismo 27 se produjo la penetración por parte de la tropa enemiga estacionada en las Vegas de Jibacoa hasta Taita José, con lo cual —como se verá en detalle en un capítulo posterior— los guardias no solo podían flanquear las posiciones de Suñol y avanzar en dirección a La Corea y el firme de la Maestra a la altura de la tiendecita, sino que también resultarían amenazadas desde la retaguardia las posiciones que se ocupasen en Casa de Piedra. Por esa razón, Suñol debió mantenerse en El Cristo a la expectativa.

Guillermo, jefe experimentado, llegó al alto de San Francisco el 28 de junio. De inmediato dispuso que una de sus escuadras siguiera para El Cacao, me informó de este movimiento y se mantuvo a la espera de mis órdenes.

Lo había mandado a buscar a la escuadra de Reinaldo Mora, que estaba en El Confín, y aguardaba también la llegada del personal que debía enviar Almeida. Ese día, sin embargo, los acontecimientos se precipitaron.

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