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Salud, es el tema

El bicentenario de la introducción de la vacuna en Cuba (1)

19 de diciembre, 2003

Mención preliminar. Tengo el evidente regocijo de mostrar a nuestros lectores el documentado artículo El bicentenario de la introducción de la vacuna en Cuba, escrito por nuestro colega José Antonio López Espinosa, Licenciado en Información Científico Técnica.

El valioso material del autor, igualmente investigador de nuestra Universidad Virtual de Salud de Cuba, es presentado en dos segmentos cuya primera parte se aprecia a continuación.

La viruela es una antigua enfermedad causada por el virus variólico. Algunos de sus primeros síntomas son fiebre alta y sensación de fatiga. Luego el virus produce una erupción característica, sobre todo en la cara, los brazos y las piernas.

Los granos se van llenando de un líquido claro que más tarde se convierte en pus y forman una costra que, por último, se seca y se desprende.

Antes la viruela era mortal en un 30% de los casos y su erradicación tuvo su origen en un programa mundial de vacunación liderado por la Organización Mundial de la Salud.

Fue un proceso largo y dificultoso consistente en identificar todos los casos existentes, así como las personas con quienes habían estado en contacto los afectados, y en vacunarlos sin excepción.

El último caso natural conocido se produjo en Somalia en 1977. Desde entonces, los únicos casos conocidos se debieron a un accidente de laboratorio en Birmingham, Inglaterra, en 1978, que conllevó la muerte de una persona y un brote de escaso alcance.

El virus que causa la viruela es contagioso y se propaga por contacto con otras personas y a través de las gotitas de saliva presentes en el aliento de los individuos infectados. Su periodo de incubación oscila entre 7 y 17 días a partir de la exposición y sólo es infeccioso a partir de la subida de la fiebre.

Dos o tres días después aparece una erupción característica. A pesar de que la etapa de mayor infección es la primera semana de la enfermedad, el paciente con viruela continúa siendo contagioso hasta que se desprenden las costras.

Cuando en diciembre de 1979 se certificó oficialmente la erradicación de la viruela, se acordó que todas las cepas del virus que aún quedaban fueran destruidas o trasladadas a uno u otro de los dos laboratorios protegidos; uno localizado en los Estados Unidos y el otro en la Federación de Rusia.

Ese proceso concluyó a comienzos de la década de 1980 y, desde entonces, ningún otro laboratorio ha tenido acceso de manera oficial al virus que causa la viruela.

Algunos gobiernos creen en el riesgo de que existan virus de la viruela en otros lugares, además de en esos dos laboratorios, así como en la posibilidad de su liberación con intención de causar daño.

Aunque es imposible evaluar el riesgo en caso de que ello ocurra, la Organización Mundial de la Salud, a petición de esos países, está tratando de ayudar a los gobiernos a prepararse ante tal eventualidad.

Los profesionales de la salud y el personal de los hospitales de todo el mundo están preparados para reconocer las enfermedades infecciosas, comprobar el diagnóstico y actuar en consecuencia. De ahí que estén en condiciones de identificar un eventual brote de viruela, aun suponiendo que el virus se difundiera de manera deliberada.

Si eso ocurriera, el sistema de salud pública se movilizaría para localizar a todas las personas que hubieran estado en contacto con el individuo infectado para vacunarlas, a fin de evitar la aparición de nuevos casos.

Si se actúa con rapidez y con eficacia, el número de casos podría ser mínimo y el brote quedaría neutralizado. En el momento actual, varios gobiernos han comenzado a examinar la potencia y la magnitud de sus existencias de vacuna antivariólica, y a sopesar la conveniencia o no de disponer de más cantidad y en qué circunstancias.

BREVE RECUENTO HISTÓRICO

Durante el siglo XVIII fue la viruela una de las enfermedades infecciosas más temidas por el número de víctimas que arrastraba consigo y por las secuelas que dejaba en las personas que salían con vida.

En aquel tiempo era fácil identificar a los individuos que sobrevivían a los embates de la enfermedad, en virtud de que en muchos casos quedaban desfigurados.

No obstante se había observado que los que no morían por su causa quedaban protegidos contra una infección posterior. Había epidemias benignas y otras graves. En las primeras eran mínimos los casos de muerte, mientras que en las segundas la mortalidad era en extremo elevada.

Por lo tanto, era muy ventajoso contraer la enfermedad durante una epidemia ligera, por cuanto ello implicaba quedar protegido para toda la vida. En consecuencia, se procuraba provocar el contagio artificialmente en vez de dejar su advenimiento a la casualidad.

En la India se vestían a los niños con las ropas de enfermos de viruela. En China se utilizaban pequeños tubos, para soplar a través de ellos las costras de granos de viruela, pues se había notado también que su pus perdía virulencia cada vez que se dejaba secar.

En Asia Central se transmitía el pus a las personas sanas mediante pinchazos con agujas. En África se aplicaban métodos similares con los esclavos para evitar que sus dueños perdieran su “mercancía”.

Las esclavas caucásicas eran famosas por su belleza, atributo que constituía el principal medidor de su precio. Sin embargo, las que tenían marcas de viruela perdían su valor. Una esclava protegida contra la enfermedad tenía pues mucha más estimación en el mercado, porque ello daba seguridad al comprador de que no sería desfigurada.

A principios del siglo XVIII, Lady Mary Wortley Montagu, la esposa del embajador inglés en Constantinopla y dama muy enérgica y sin prejuicios, tuvo el valor de hacer aplicar este método a sus hijos por un médico griego.

Tras mostrar la reacción acostumbrada de contraer la enfermedad de modo leve, los niños se recuperaron rápidamente y desde entonces quedaron inmunizados. De vuelta a Inglaterra, Lady Montagu trató de persuadir a su amiga, la princesa de Gales para que hiciera lo mismo con sus hijos.

Para tener seguridad del posible éxito, la princesa de Gales hizo vacunar antes a siete criminales y seis huérfanos, que fueron luego introducidos en un ambiente infectado y no cayeron enfermos. Con esta prueba como antecedente, se procedió a vacunar a los jóvenes príncipes.

Este ejemplo dado por la Corte en 1722, fue la mejor recomendación sobre los beneficios de la variolación, nombre que se le daba entonces a la vacunación. El procedimiento, que en principio se difundió por Inglaterra, se propagó luego por toda Europa a partir de 1749 cuando se aplicó por primera vez en Ginebra.

Aunque gracias a la variolación se pudieron conservar muchas vidas humanas, su aplicación en el siglo XVIII no estaba exenta de peligro, pues el producto que se vacunaba era pus extraído de una pústula reciente.

El método que se hizo más corriente fue el de impregnar el pus en hilos, que se dejaban secar, para ponerlos luego encima de rasguños frescos, lo que daba la posibilidad de que las personas vacunadas contrajeran otras enfermedades, principalmente la sífilis.

Por tanto, la variolación no era todavía en aquel tiempo un método de prevención ideal y había que encontrar un procedimiento que, además de inmunizar con seguridad, no fuera peligroso.

En la última década del siglo XVIII se propagó la noticia de que en Inglaterra se había hallado un material de vacunación ideal y, cuando en 1800 afectó a Viena una grave epidemia de viruela, Johann Peter Frank (1745-1821), director del Hospital General de esa ciudad, vacunó con él a 26 niños el 1ro. de noviembre de 1801.

En cada niño se formaron pústulas que se cubrieron de costras, las cuales finalmente cayeron. Días más tarde, el 12 de noviembre, 13 de esos niños se inocularon con la viruela verdadera y ninguno de ellos tuvo reacción alguna, pues todos estaban inmunizados.

El descubridor de este nuevo método fue el médico inglés Edward Jenner (1749-1823), quien en su pueblo natal observó que las vacas sufrían una enfermedad con la misma apariencia que las costras de la viruela.

Jenner llamó a esta enfermedad variolae vaccinae (viruela de las vacas), de la que notó también su capacidad de infectar al ser humano cuando observó que las personas que trataban a los bovinos enfermos se infectaban y les aparecían las mismas costras en las manos y los brazos.

Tras hacer varios estudios al respecto, realizó el experimento decisivo. En una finca cercana a la suya enfermaron varias vacas de viruela y una muchacha llamada Sarah Nelmes contrajo la enfermedad.

El 14 de mayo de 1796 Jenner vacunó al niño de ocho años nombrado James Phipps con la viruela de las vacas. El material de la vacuna lo había obtenido de las costras de la muchacha enferma. Tras sufrir los signos característicos del mal, el niño se repuso pronto.

El 1ro. de junio lo vacunó con la viruela verdadera, sin que tuviera reacción alguna. Luego de transcurridos unos meses, repitió la prueba con los mismos resultados.

Este experimento sirvió para demostrar que la viruela de las vacas inmuniza al hombre contra la viruela verdadera y que la linfa de la viruela de estos animales es el material ideal para vacunar.

Jenner comunicó su observación a la Royal Society, pero le devolvieron su manuscrito porque la idea de que una peste de carácter animal pudiera proteger contra la enfermedad humana parecía algo harto aventurado.

A pesar de ello, Jenner continuó sus experimentos con iguales resultados y, en 1798, se dirigió al público con un escrito de 75 páginas y cuatro tablas titulado “An inquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae”, donde describió de manera breve y clara la viruela de las vacas y ofreció detalles acerca de 23 observaciones.

Esta obra fue recibida con frialdad, pues las ideas en ellas expuestas eran demasiado extrañas. Pero Jenner no descansó y el material experimental que había acumulado en 1800 era ya tan grande, que hasta los más escépticos comenzaron a creerle.

Luego de la aplicación de su método en Viena, pronto se hizo lo mismo en todos los Estados y se reconoció la gran trascendencia de su descubrimiento. En 1802 el Parlamento inglés le expresó su agradecimiento con un donativo de 10 000 libras esterlinas. Cinco años después se repitieron estas gracias con un nuevo donativo de doble cantidad.

Así, de la inoculación surgió la inoculación de la viruela de la vaca y de la variolización, la vacuna. Gracias a Jenner se había encontrado un medio mediante el cual la viruela se podía evitar fácilmente. (Fin de la primera parte)


Notas anteriores
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