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Los caminos del Yoga

Lunes, 15 de septiembre de 2008


Por José Antonio Michelena

Para muchas personas en Cuba, el yoga dejó de ser una palabra rara, una disciplina exótica, gracias a Eduardo Pimentel. La dedicación a su enseñanza, mantenida durante 20 años, lo convierte en el mayor promotor e impulsor del yoga en la Isla.

Infinidad de gente le agradece haber establecido una nueva relación con su cuerpo y su mente, una forma distinta de verse a sí misma y de conectarse con la vida.

Luego de más de tres décadas de estudio y entrenamiento, Eduardo Pimentel ha alcanzado un nivel de profundidad en el yoga. El camino transitado empezó de manera autodidacta.

El entonces profesor de cultura física llegó al yoga a través de los libros. En él encontró conjugados dos universos que le interesaban mucho: el cuerpo y la mente.

Fue una larga etapa de estudio en solitario hasta que hacia 1982 comienza a compartirla con varios amigos; sin embargo, la bibliografía que estaba a su alcance no facilitaba mucho la tarea. 

En 1984 llegó a sus manos Light of yoga, de BKS Iyengar, un libro que le proporcionó las herramientas adecuadas, con las instrucciones e ilustraciones precisas, para aprender las asanas (posturas).

Entre 1982 y 1990 Pimentel convirtió su casa en escuela, en centro de prácticas de yoga; también impartía conferencias en instituciones; ambas actividades en una escala pequeña, en marcos limitados, pero en 1990 ya estaba listo para emprender otra etapa de su vida en este camino: la transmisión de lo aprendido en un grado superior.

Quien haya asistido a los cursos de Hatha Yoga impartidos por Pimentel en la iglesia neogótica de la calle Reina, difícilmente puede olvidarlo.
La opción de lidiar con el estrés mediante el yoga, se ofrecía como algo atractivo y muy útil.

Era un espectáculo cautivante el que ofrecían cerca de un centenar de personas, agrupadas cada noche en un salón de la iglesia, empeñadas en aprender las –inicialmente– difíciles posturas yoga.

Mientras Pimentel daba las instrucciones para ejecutarlas, un monitor servía de modelo y los aprendices intentaban realizar la cobra, el saltamontes, la vela, o el árbol; después, el profesor se desplazaba por el salón corrigiendo los errores de sus discípulos.

Fue el nacimiento de la práctica masiva del yoga en Cuba. La matrícula de aquellos cursos llegó a tener hasta doscientas personas.

Cuando la iglesia de Reina entró en reparaciones en 1994 aparecieron otras iglesias (católicas y protestantes) prestas a ofrecer locales para estas prácticas; también se sumaron teatros y casas de cultura a esta expansión del yoga. Eso fue posible porque ya se había formado un grupo de monitores que estaba en capacidad de impartir clases.

Pimentel creó un programa de entrenamiento para calificar a esos monitores como instructores. Hoy ese programa tiene más de doscientas horas de estudio durante dos años. En total, la persona está cerca de cuatro años estudiando antes de llegar al nivel de instructor. 

El sistema de Iyengar consiste en la utilización de una serie de medios auxiliares, tales como paredes, sillas, mantas de tela, cintas; medios que facilitan la ejecución de las posturas a personas con limitaciones.

Así, un practicante con escoliosis puede arquear la columna vertebral hacia atrás y recibir los beneficios terapéuticos de una postura o una cinta puede auxiliar a otro para arquearse hacia delante hasta tocar sus pies.

Según Pimentel, este sistema, con unas doscientas posturas, es el que más beneficios de salud reporta a los ejecutantes, y puede ser practicado por cualquier persona, de cualquier edad.

A partir de 1996 Pimentel abrió otro sendero de conexión con el yoga: ese año inició la organización de retiros de diez días con un estilo de meditación llamado Vipassana.

En ese lapso de tiempo, las personas guardan silencio y ejecutan una técnica que consiste en observar su respiración y sus sensaciones. Hasta la fecha actual, alrededor de 150 practicantes han estado en los retiros comenzados en el período indicado.

En la actualidad, las enseñanzas de Pimentel irradian hacia muchos puntos del país,  pero él señala, de manera especial, un proyecto que lleva adelante un discípulo suyo en la prisión de Guanajay.

Este prisionero se interesó por el yoga y el profesor comenzó su preparación en el propio recinto penal; allí va Pimentel cada tres meses para impulsar un trabajo que cuenta con el apoyo de las autoridades penitenciarias.

El recluso está capacitándose para instructor mientras funge como monitor de un grupo que ha ido creciendo con hombres para los cuales el yoga es una luz, la posibilidad de un nuevo camino para la existencia.

La cifra de personas que han tomado cursos de yoga con los programas de Pimentel es asombrosa: doce mil, entre 1990 y 2007. No oculta su orgullo por ese logro este yogui cubano que ha recibido iniciación en la Orden de Vivekananda y del cual, próximamente, podremos leer un libro donde prolonga su experiencia: “Prana, Mantra y Kundalini Yoga”.

Los cubanos presentes en la cifra mencionada, que tienen ahora una relación más amistosa entre el cuerpo y la mente, que aprendieron mejor a lidiar con la vida –aunque esa siga siendo una asignatura muy difícil– le guardan agradecimiento.


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