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martes, 19 de noviembre de 2019
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Salud, es el tema

Un hecho poco conocido

El descubrimiento del agente trasmisor de la fiebre amarilla en el siglo 19 está inobjetablemente ligado a la figura del insigne sabio cubano Carlos Juan Finlay.

Es muy conocida asimismo la posición adoptada por Walter Reed, (jefe de una comisión estadounidense que realizó trabajos de investigación en Cuba acerca de la afección) quien trató de apropiarse, inescrupulosamente, del singular hallazgo.

Sin embargo, hay un hecho escasamente difundido y es el que se refiere a la labor desplegada por Jesse William Lazear, también integrante de la aludida comitiva, el cual asumió una posición diametralmente opuesta a Reed y al resto de los componentes (los también doctores James Carroll y Arístides Agramonte) de ese grupo.

¿Cómo se vincula Lazear con Finlay?, ¿ Por qué Lazear colaboró con él?, ¿Por qué consideró acertadas sus formulaciones?.

Las respuestas a estas interrogantes y a otras que colocaré en el transcurso de este trabajo, posibilitarán una reflexión sobre algunas de las acciones más significativas desplegadas por este incansable y honesto investigador.

El vínculo que establecería Lazear con Finlay tiene como antecedente una epidemia de dengue que afectaba a las tropas de ocupación norteamericanas en Cuba.

Por ese motivo llega a La Habana el 13 de febrero de 1900, con la responsabilidad de realizar estudios bacteriológicos en el campamento de Columbia.

Después de fracasar en diversas pesquisas clínicas, en pruebas con el bacilo icteroides y en el campo bacteriológico, a Reed y a sus acompañantes no les quedó otra alternativa que escuchar los enunciados Finlaístas el 1 de agosto de 1900. En esa reunión a Lazear le fue encargado todo lo relacionado con la cría de los mosquitos.

Vinculado con este intercambio de opiniones es menester señalar tres consideraciones: en anotaciones realizadas por nuestro sabio (incluida sus obras completas) este indicó que los médicos estadounidenses iniciaron indagaciones en junio de 1900, con unas crías de huevos de un insecto idéntico que él le entregó a Lazear con anterioridad.

El otro elemento es que existen indicios de que Lazear se interesó por la fiebre amarilla desde que llegó a Cuba y tras realizar un periplo europeo, en 1895, verificó (conjuntamente con Wailly y Thayer) el descubrimiento de Ross y Grassi acerca de la trasmisión de la malaria por el mosquito anopheles, un hecho sin precedentes hasta ese momento.

Atendiendo a esa experiencia y animado en la factibilidad de que ese tipo de insecto pudiera ser el agente trasmisor de la enfermedad, Lazear capturaba todo tipo de Aedes con el fin de clasificarlos y estudiarlos.

Tal faena hizo que doctor Eduardo Anglés expresara: “Lazear se contagió con Finlay y todo el tiempo de que disponía lo dedicaba a la persecución y estudio de los mosquitos. Era en él una obsesión.”

Luego de fallar con los primeros nueve casos de experimentación, preparó un grupo de insectos. A uno de ellos lo contaminó mediante personas que diferían en cuanto a la intensidad de la enfermedad, aunque en todos los casos se hallaban entre el primero y segundo día del desencadenamiento del mal.

Aquél rechazaba picar nuevamente y surgió entonces un interesante episodio con Carroll. Este, uno los marcados detractores de Finlay, se ofreció para dar continuidad a la prueba, pero el 29 de agosto de 1900 padeció los primeros síntomas de la afección y el 31 tenía un cuadro completo de ella.

El soldado William Dean corrió igual suerte que Carroll (fue inoculado con el mismo animal y con otros tres mosquitos) y el día 5 de septiembre figuraba entre los individuos reportados con fiebre amarilla. Ante tal evidencia, Agramonte envió una comunicación a Reed en la cual informaba la veracidad de la teoría Finlaísta.

La comprobación de Lazear reafirmó inequívocamente lo expresado por el científico cubano el 14 de agosto de 1881, en la Real Academia de Ciencias Físicas y Naturales de La Habana, relacionado con el agente trasmisor de la enfermedad.

Sin embargo, Lazear no tenía autorización para realizar las indagaciones (salvo que fueran entre los mismos miembros de la comisión) y por tanto se vio impedido de darlas a conocer de manera oficial. ¿Qué pasó ulteriormente? ¿Detuvo sus investigaciones? ¿Qué ocurrió tras su fatídica muerte?.

Las referencias históricas señalan que prosiguió sus acciones de búsqueda en el campo bacteriológico y en las labores con los insectos, ya que estimaba que la solución del problema estaba en esa dirección.

Llegó entonces el 13 de septiembre de 1900, fecha que tuvo una particular significación para la vida del acucioso investigador.

Ese día, según versión oficial emitida, realizaba maniobras experimentales en el hospital Las Animas y un mosquito lo picó en su mano izquierda. El 19 del propio mes fue ingresado en la sala de enfermos de fiebre amarilla y el 25 de septiembre ocurrió su deceso.

En torno a este capítulo de su existencia hay diferentes interpretaciones: por un lado estudiosos señalan que Lazear no interrumpió la referida acción con un propósito experimental (cuestión que ya había perpetrado antes) mientras otros rechazan tal aseveración aduciendo que él conocía perfectamente el alto grado de peligrosidad de un hecho de este tipo y que su repentina muerte podía tener otra explicación.

Existe documentación de que ante sus primeros resultados adversos en su trabajo con los mosquitos, Lazear decidió inyectarse sangre de un amarílico, (un enfermo de fiebre amarilla) lo cual, incluso, practicó a otros voluntarios que lógicamente padecieron la enfermedad y luego se recuperaron.

Ello posee una especial trascendencia, pues así llegaba a la certeza de que Finlay tenía razón y de que los fallos iniciales guardaban relación con la maduración de los insectos. Aclaró, con su propia vida, de que la afección se trasladaba del individuo enfermo al sano siempre que ocurriese una inoculación en los primeros días de la enfermedad.

Las valiosas anotaciones de Lazear llegaron a manos de Reed a través de Albert E. Truby a quien solicitó cuidara sus pertenencias hasta su restablecimiento. Entre ellas figuraba una pequeña libreta de trabajo donde aparecían detalles pormenorizados acerca de sus indagaciones.

Con esta inapreciable información junto a otros datos suministrados por miembros de la comisión estadounidense y otros colaboradores, Reed presentó en la reunión número 23 de la Asociación Americana de Salud Pública, acontecida en Indianápolis, la ponencia denominada Etiología de la Fiebre Amarilla, Nota Preliminar.

La desaparición física de Lazear propició de que Reed hablara de algo sobre lo cual no había aportado nada y al mismo tiempo se observa cómo su encomiable labor era deliberadamente ignorada por aquél y por los restantes miembros de la comisión.

Paradoja histórica, pues incuestionablemente era él quien estaba mejor preparado desde el punto de vista técnico y profesional y cuya honradez científica quedó demostrada con su desinteresada actuación.

Lazear creyó en Finlay y no escatimó esfuerzos, de ninguna índole, para corroborar una teoría que revolucionó el mundo científico de finales del siglo 19.

Eso engrandece su presencia y le otorga espacios especiales, independientemente de que haya quedado registrado en mayor o menor medida en las páginas de un folleto o un libro o en el inevitable paso del tiempo.

Nota: Se agradece al licenciado José Antonio López Espinosa la documentación facilitada para la ejecución de este trabajo.


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