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Salud, es el tema

La vacuna en Cuba

10 de julio, 2004

NECESARIA INTRODUCCIÓN. La figura del doctor Tomás Romay y Chacón está ligada a notables sucesos acaecidos en el área de la salud humana. Por ello, con total razón, se le considera el primer higienista cubano y el iniciador de la ciencia en la Mayor Isla de las Antillas.

Sin embargo, en su extensa y destacada trayectoria científica sobresale un hecho del cual se cumple en este 2004 el aniversario 200 de su realización: me refiero a la introducción y propagación de la vacuna en Cuba.

El 26 de mayo de 1804 llegó al puerto de La Habana la corbeta María Ritz dirigida por Francisco Xavier de Balmis. Objetivo: llevar la vacuna a los dominios españoles.

Quedó sorprendido al observar que aquélla acción ya había ocurrido gracias a la actividad de nuestro sabio Tomás Romay. Propuso al Capitán General establecer la Junta de Vacuna y pidió que se confiara a nuestro insigne médico la conservación y propagación del preservativo.

Un documentado y valioso artículo del colega José Antonio López Espinosa permite a los lectores de SALUD, ES EL TEMA conocer otros detalles en relación con tal acontecimiento. Observemos cuáles son sus consideraciones.

En la historia de la medicina cubana abundan nombres que han quedado para la posteridad y que por sus grandes aportes son acreedores del reconocimiento eterno.

Uno de ellos, el doctor Tomás Romay Chacón (1764-1849) en quien confluyeron las facetas de médico, escritor, orador y poeta, contribuyó de modo tan notable a la ilustración de esta ciencia, que con justicia se le ha otorgado el merecido lugar como iniciador del movimiento científico cubano.

En su extensa hoja de servicios sobresale la introducción y propagación en 1804 de la vacuna contra la viruela en La Habana.

Los médicos cubanos conocieron el procedimiento de la eficaz inoculación preventiva contra la viruela en 1802, es decir, cinco años después de que Jenner anunciara su genial descubrimiento.

De esto se desprende, que la inoculación con el pus de la viruela o variolación era el método que se aplicaba en Cuba hasta entonces.

Aunque no se dispone de datos que justifiquen cuándo y por quién se introdujo en nuestro archipiélago la inoculación, se sabe que ya se conocía en 1795, en virtud de un artículo científico escrito por Romay.

El material se publicó en dos partes en el Papel Periódico de la Habana el 29 de octubre y el 1 de noviembre de ese año, donde la defendía como método idóneo de preservación de las viruelas naturales.

Las autoridades de la Sociedad Económica de La Habana, impuestas del descubrimiento de la vacuna y de su creciente progreso en el mundo civilizado, consideró oportuno poner este nuevo conocimiento a la disposición de los profesores médicos cubanos.

Por ese efecto orientó en 1802 la reimpresión de 500 ejemplares de una obra traducida del francés por el doctor Pedro Hernández e impresa en Madrid ese mismo año, en la que se ofrecían detalles sobre el origen y descubrimiento de la vacuna.

Por otra parte, la Junta Económica del Real Consulado ofreció un premio de 400 pesetas a quien descubriera y manifestara el fluido vaccino tomado de vacas en Cuba, indicara cómo debía formarse y lo comunicara a Romay.

Asimismo indicó la adjudicación de otro premio de 200 pesetas a quien trajera ese fluido de otros países.

En este acuerdo, que se publicó en la edición del Papel Periódico de La Habana del 3 de febrero de 1803, se establecía además que los premios se otorgarían luego de consumada la erupción de la viruela, bajo la dirección de Romay.

La presencia de Romay en momentos de tanta trascendencia, como el de inspeccionar y decidir si debía reimprimirse en Cuba la traducción del doctor Hernández o la de dirigir la operación de provocar la erupción de la viruela por la vía artificial, demuestran la grandeza de su prestigio y cómo éste gravitaba con autoridad sobre la opinión médica y pública de su época.

En diferentes oportunidades recibió virus vaccinal de distintas procedencias, que inoculó con las precauciones de rigor sin lograr nunca su desarrollo.

Con posterioridad, la Sociedad Económica le encomendó la difícil misión de que buscara él mismo el virus vaccinoso.

En función de esa encomienda, se lanzó a la audaz empresa de recorrer toda Cuba con la esperanza de encontrar la vaccina en las vacas en algún lugar y de comenzar la vacunación. Ni en esta búsqueda ni en ensayos practicados a sus propios hijos tuvo éxito.

Pero llegó el 10 de febrero de 1804 y, con la fecha, la posibilidad de introducir y propagar la vacuna.

Ese día arribó a La Habana María Bustamante procedente de Aguadilla, Puerto Rico, de donde había salido el 2 del mismo mes y quien, el día anterior a su partida, hizo vacunar a su único hijo de 10 años y a sus dos mulaticas criadas de ocho y seis, respectivamente.

Entre el cuarto y el quinto día después de la vacunación, se comenzó a formar en cada uno un solo grano vaccino sin que ninguno experimentara la menor incomodidad. Al entrar al puerto de La Habana estaban todos en un estado de perfecta supuración.

María Antonia García, quien había visitado el día anterior a su paisana María Bustamante luego de su arribo a Cuba, se presentó en la residencia de Romay, acompañada del menor de sus dos hijos y con la mayor de las criadas vacunadas, cuyo grano, según el sabio, se correspondía con el de la verdadera vacuna.

Sin pérdida de tiempo, tomó pus de ese grano con el que de inmediato vacunó en ambos brazos al niño de la visitante y a sus tres hijos mayores. Poco después lo visitó el niño vacunado en Aguadilla, cuyo grano tenía los caracteres más sensibles y el pus más líquido y transparente.

Con ese pus vacunó Romay a sus dos hijos pequeños, a otros cinco niños y dos criados. Ese mismo día en la tarde vacunó con el pus de la mulatica menor a cuatro criados y una niña.

En total vacunó a 42 personas de distinta edad y sexo con el pus de tres granos: desde el más pequeño de sus hijos de sólo 29 días de nacido, hasta varios hombres y mujeres que pasaban de 40 años.

A pesar de que el modo de aparición de las pústulas, su forma y el orden uniforme en que éstas progresaban no dejaba lugar para dudar de que todas esas personas tenían la verdadera vacuna, Romay los hizo reconocer por otros profesores que la habían visto en España y Puerto Rico, quienes confirmaron su legitimidad.

La Sociedad Económica, informada del acontecimiento por el mismo doctor Romay, entregó a la señora Bustamante el premio anunciado.

Cuando el 26 de mayo de 1804 llegó al puerto de La Habana la corbeta “María Ritz” con la expedición dirigida por Francisco Xavier de Balmis, que el 30 de noviembre del año anterior había salido de la Coruña con el objetivo de llevar la vacuna a los dominios españoles, ya ésta se había propagado por todo el territorio cubano.

El jefe de la expedición española quedó gratamente sorprendido al haber encontrado la vacuna establecida y calificó a Romay de sabio cuando dio cuenta a Su Majestad de su cometido. Permaneció en la ciudad 20 días, durante los cuales realizó cientos de inoculaciones.

Para perpetuar la vacuna, inoculó en unión de Romay varias vacas con aquel virus, pues presumía que éstas podían comunicar la enfermedad a otras y hacerla epidémica entre ellas.

También propuso al Capitán General establecer en el país una Junta de Vacuna que se encargara de la conservación y propagación del preservativo y que se confiara en Romay como el facultativo idóneo para esta misión.

Así, el 30 de julio de 1804 quedó establecida y organizada la Junta Central de Vacuna, de la que se designó como Secretario Facultativo a Romay, quien la dirigió durante más de 30 años con una constancia sorprendente y un celo inusitado.

Cuando Balmis partió de regreso el 18 de junio del mismo año, dejó más de 6 000 individuos vacunados en La Habana, 600 de ellos por él mismo.

Desde su cargo de Secretario de la Junta Central de Vacuna rindió Romay muchos informes, en los que, además de dar cuenta del estado de esta actividad en todo el país, demostraba con notoria evidencia su nivel de conocimientos en materia de inoculación variolosa y vaccinal.

En el último de ellos, en 1835, se despidió de la Junta como Secretario, cargo que sus achaques le impedían ya ejercer con la efectividad acostumbrada.

Este documento contiene datos muy valiosos, pues el sabio presentó en él las estadísticas de todos los vacunados por la Junta Central de La Habana y sus locales y diputaciones en el interior desde 1804 hasta 1835.

No obstante haber cesado en estas funciones, continuó Romay administrando la vacuna hasta poco antes de su muerte, ocurrida el 30 de marzo de 1849.

Por iniciativa del Ayuntamiento de La Habana, se acordó colocar en la casa natal de Romay, sita en la calle Empedrado No. 71 entre Compostela y Habana (donde actualmente está ubicado el edificio “Cuba” con la numeración 360), una lápida con una inscripción conmemorativa de los méritos de este ilustre médico, en cuyo texto se lee:

¡HONRA Y PREZ A LA MEDICINA ESPAÑOLA! en esta casa nació el día 21 de diciembre de 1764 el Dr. D. Tomás Romay y Chacón SABIO MÉDICO Y ESCRITOR INSIGNE, Á QUIEN LA ISLA DE CUBA debe entre otros grandes beneficios, el de la INTRODUCCIÓN Y PROPAGACIÓN DE LA VACUNA

EL AYUNTAMIENTO DE LA HABANA ACORDÓ CONSAGRAR ESTE RECUERDO Á SU MEMORIA, EL DÍA 12 DE AGOSTO DE 1887, BAJO LOS AUSPICIOS DEL EXCMO. SR. GOBERNADOR Y CAPITÁN GENERAL D. SABAS MARIN

CONSIDERACIONES GENERALES

En este año 2004 se cumple el bicentenario de la introducción y propagación de la vacuna en Cuba, ocasión más que propicia para escribir unos párrafos que sirvan para sacar de la ignorancia o del olvido tan importante acontecimiento.

La vida de Tomás Romay, su máximo protagonista y a quien con justicia se considera como el primer higienista cubano, es una rica cantera de donde siempre se pueden extraer conocimientos de gran envergadura y trascendencia.

Este modesto homenaje a su memoria y a su grandiosa obra como iniciador de la ciencia en la Mayor de las Antillas termina con las mismas palabras que él mismo pronunciara en dedicación a su amigo, el español Gobernador de la Isla, Don Luis de las Casas:

“La gloria del hombre benéfico no perece con su vida, ni se oculta bajo la losa que lo cubre. El universo entero es su sepulcro. Su memoria vive en todas las almas y su nombre permanecerá impreso en todos los corazones con caracteres más indelebles que en el mármol y el bronce”.


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