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Wednesday 22 de October de 2014

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Psicología




Utilidad de identificar los pensamientos distorsionados

Es una verdad de Perogrullo afirmar que los problemas son consustanciales a la existencia humana, más allá de la voluntad de las personas. No obstante, en muchas ocasiones son las propias personas quienes contribuyen a crear su propio malestar y agudizar situaciones problemáticas en sus vidas cotidianas al distorsionar —¡para mal!— su forma de percibir e interpretar la realidad. A ello se le llama distorsiones cognitivas... La corrección de las mismas es propósito fundamental de la Terapia Cognitivo Conductual (TCC), con vistas a optimizar la salud, el bienestar y la calidad de vida de las personas.

Por: Miguel Ángel Roca Perara

Las últimas décadas han sido testigos de un creciente interés en el Movimiento Psicoterapéutico conocido como Terapia Cognitivo Conductual (TCC). Las razones que justifican este interés radican en su probada efectividad, no sólo en el ámbito de la llamada salud mental y la solución de problemas de la vida cotidiana, sino en el ámbito de todo el espectro del Proceso Salud-Enfermedad referido al afrontamiento de las personas en cuanto a la promoción, mantenimiento, restablecimiento u optimización de la salud, el bienestar y la calidad de vida.

La TCC también se caracteriza por la probada eficiencia de sus procedimientos que resultan eficaces en muy breves períodos de tiempo, lo que los hace coherentes con el rápido y complejo dinamismo de la vida moderna.

De igual manera, para muchos su utilidad radica en que llega a convertirse en una filosofía de vida que permite a las personas vivir de una manera más inteligente, tal y como postulan en los últimos años los teóricos de lo que ha dado en llamarse “Inteligencia Emocional” (Goleman, 1997).

Por estas razones, desde un punto de vista empírico y pragmático, es creciente el número de especialistas en el ámbito de la salud humana, que incorporan a su arsenal terapéutico, los recursos derivados de la TCC, más allá de los fundamentos conceptuales de estos procedimientos.

Desde lo conceptual, la TCC privilegia el rol de las cogniciones (los pensamientos, las creencias, los valores, las imágenes, etc.) en la forma en que los individuos construyen su existencia cotidiana en sus transacciones continuas en el “mundo real”, lo que a su vez determinará las emociones y los comportamientos de las personas; es decir, la comprensión de cómo el pensamiento modula la forma en que la gente siente y actúa, sus sentimientos y comportamientos.

Por esta razón es que casi todo el movimiento de TCC, empezando por sus dos figuras más relevantes —Albert Ellis y Aarón Beck—, fundamenta muchas de sus acciones profesionales en el milenario planteamiento de Epícteto, líder de los filósofos estoicos quien afirmara:

“Lo que molesta a las personas no son las cosas mismas, sino su opinión sobre las cosas,... por lo que cuando estemos molestos o irritados no nos permitamos nunca culpar a los demás, sino más bien a nosotros mismos, es decir a nuestras propias opiniones”.

Visto así, la óptima interacción de una persona con su medio depende en gran medida del modo en que dicha persona percibe su entorno a partir de su peculiar sistema de creencias. Dado que la TCC sostiene con fuerza una perspectiva fenomenológica, las personas pueden percibir “su realidad” de una manera muy cercana al real curso de los acontecimientos, pero también de forma distante y alejada de la real marcha de los sucesos.

En esto se fundamenta uno de los más importantes conceptos de la TCC que son los pensamientos distorsionados o distorsiones cognitivas, cuya identificación, comprensión y corrección resulta sumamente relevante para lograr mejores niveles de salud, bienestar y calidad de vida en las personas.

Los Pensamientos Distorsionados se fundamentan, en lo esencial, en la tendencia que tienen las personas de interpretar la realidad a la cual se ven enfrentados cotidianamente, ajustándola —cual Cama de Procusto— a su propia cosmovisión y su peculiar e idiosincrásica forma de pensar, sentir y actuar. En este sentido hay congruencia con un tradicional postulado de la Psicología Fenomenológica que afirma que la realidad es tal-y-cual-es-percibida, es decir que la persona distorsiona la información que le brinda su realidad inmediata, tratando de hacerla congruente con su peculiar modo de interpretar la existencia.

Muchas personas, como los tipos optimistas, distorsionan sus percepciones de la realidad en aras de conservar e incrementar su bienestar e incluso su autoestima, en condiciones objetivas francamente hostiles... Otras personas, como los tipos pesimistas, las distorsionan para autoflagelarse y autodevaluarse aún en condiciones sumamente favorables, o para —como diría Albert Ellis— “encontrarle un problema a cada solución”, a diferencia de las personas sensatas que lo que hacen es buscarle solución a los problemas.

Más allá de los contenidos de estos pensamientos, la literatura especializada ha descrito formas peculiares generales de procesar la información de una manera distorsionada, cuyo resultado es lacerar —¡o peor, autolacerar!— la salud y el bienestar de las personas que habitualmente apelan a estas cogniciones. Y, ¡para colmo! no se trata de distorsiones cognitivas excluyentes, sino que pueden presentarse unidas, y devenir en un verdadero patrón “tragedioso” de construir la realidad.

Entre las distorsiones cognitivas que más frecuentemente se encuentran en la vida cotidiana y que, innecesariamente, perjudican la salud y el bienestar de estas personas se encuentran:

  1. Los Pensamientos Dicotómicos. También identificados como Polarización o Pensamientos de todo-o-nada, resultan característicos de las personas rígidas e inflexibles que clasifican la realidad en polaridades extremas (blanco-negro, bueno-malo, frío-caliente, todo-nada...) sin darse cuenta de que la existencia humana se distingue por los matices, las combinaciones, la complejidad. Como resulta lógico suponer, la persona con este estilo de distorsión de la realidad se complica muy fácil en cualquiera de sus relaciones interpersonales por cuanto demanda una incondicionalidad absoluta, prácticamente imposible de alcanzar, al estilo de “¡o estás conmigo o estás contra mí!”... cuando lo inteligente en la vida tal vez sería asumir la fórmula bíblica, que poco o nada tiene de dicotómica, de “si no está en contra nuestra, entonces está a nuestro favor”.

  2. La Sobregeneralización. En el mundo real, casi desde su nacimiento el ser humano es “bombardeado” por una infinidad y variedad de estímulos, por ello, para poner orden en su existencia y no vivir en un perenne caos, está convocado necesariamente a procesos cognitivos de generalización que le permitan simplificar de manera sistemática su accionar en el mundo:

    Un cielo nublado y truenos pueden ser con cierta certeza el anuncio de una tormenta,... si a usted no le queda otro remedio que salir a la calle, hágalo con algo —una capa o un paraguas— que le proteja de la lluvia potencial.

    Otra cosa es la sobregeneralización, cuando a partir de hechos aislados, por lo general sobredimensionados, se arriba a conclusiones lapidarias, no de relativa probabilidad de ocurrencia, sino de absoluta convicción de cómo necesariamente sucederán las cosas. Es por ello que en el discurso de las personas con tendencia a sobregeneralizar son frecuentes expresiones totalizadoras que poco o ningún margen dan a que las cosas cambien para bien: “¡siempre cometes el mismo error!”, “¡nunca me comprenden!”, “¡todo lo hago mal!” y muchas otras formas de expresarse que tienden a cerrar cualquier posibilidad de diálogo y expectativa positiva.

  3. Lo que “debería ser”. Mucho antes de que el movimiento de TCC diera sus primeros pasos, Karen Horney habló de lo que definió como la “tiranía de los debería”, una distorsión del pensamiento que hoy constituye foco especial de atención de los terapeutas cognitivos. Se trata de que la persona tiene conformado rígidos estándares de cómo deben acontecer los diferentes sucesos de la vida cotidiana, cómo deben pensar y actuar las demás personas y sobre todo cómo debería pensar, sentir y actuar él o ella misma en las diferentes situaciones que la vida le propone... y todo ello se complica más aún cuando la persona exagera y ya las cosas no sólo “deben ser”, sino que “¡tienen que ser!”.

    Jocosamente, Albert Ellis le llama a ello “musterbation”, utilizando la raíz “must” que en lengua inglesa equivale a un “tener que”, casi de carácter obligatorio.

    Por lo general se trata de elevados —y poco reales— estándares, difícilmente alcanzables y que causan malestar a la persona, quien se siente devaluada en su autoestima cuando no se cumplen sus prejuiciados preconceptos: “las personas deberían ser más corteses”, “ella debería ser más cariñosa conmigo”, “yo tengo que ser el mejor”.

    Tal vez el mejor antídoto a la filosofía de “los debería” es la concientización y asunción de que los sucesos, las personas, son como son y no como “lógicamente” se cree que deberían ser. Ello no implica renunciar al logro de determinadas expectativas, pero a partir de una más razonable filosofía que postule que son deseables determinadas cosas y que es legítimo esforzarse por alcanzarlas... pero que no necesariamente, por ello, las cosas tienen o deben ser así y —¡menos aún!— que por no lograrlas el mundo se convierta en un lugar inhabitable, los demás sean seres indiferentes o nosotros mismos seamos seres despreciables.

La lista de distorsiones cognitivas es mucho más amplia de lo que aquí se presenta. Otros pensamientos deformados como son el “filtraje mental”, la “descalificación de lo positivo”, la “adivinación del pensamiento”, la “magnificación y minimización”, y el “razonamiento emocional”, ayudan a comprender cómo las personas que se benefician de nuestras acciones profesionales, las personas que cotidianamente nos rodean, e incluso nosotros mismos, contribuimos a nuestro propio malestar cuando distorsionamos nuestras percepciones de la realidad y convertimos nuestro entorno en un lugar muy poco habitable, a la par que nos autoprivamos de todo lo bueno que la vida diaria puede ofrecernos.

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Otras fuentes
  • Beck A, et al. Cognitive therapy of depression. New York: Guilford; 1979.
  • Burns D. Feeling good. The new mood therapy. 2nd ed. Avon Books; 1999.
  • Goleman D. Inteligencia emocional. 1997.
  • Gurman AS, Mecer S. Essential psychotherapies. Theory and practice. New York: Guilford; 1995.

Edición: Cristina Martínez
Edición web: Vicente Costales

27 de octubre de 2003

Salud Vida


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