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Monday 15 de September de 2014

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Psicología




Invalidez afectiva, su carácter corrosivo en la relación con los demás



Por: Dr. Miguel A. Roca

Ser beneficiario del cariño y la aprobación de los demás, tener personas a quienes ofrecer afecto, protección y ternura y ser reciprocado por ellas, resulta muy importante para la salud. Sin embargo, hay personas con diversos grados de incapacidad para implicarse en el mundo de las emociones; y hay personas francamente incapaces hasta de entender qué es el mundo de los afectos. En este contexto emerge formalmente el concepto de invalidez afectiva, del que tratamos en el presente trabajo.

La relación con los demás
¿Qué es la invalidez afectiva?
Algunos tipos de invalidez afectiva
Dar y recibir

La relación con los demás
La invalidez afectiva no es un término estrictamente formalizado en los rigurosos cánones académicos. Se trata de una expresión metafórica –aunque como metáfora al fin, mucho más sintetizadora que largos panfletos académicos–, útil no sólo para profesionales sino para todo el saber popular. Este es un fenómeno con el cual podemos estar conviviendo en diversos grados y formas de expresión, y puede llegar a convertirse en epidémico por lo que sería deseable desterrarlo definitivamente de nuestras vidas.

Sabemos que los seres humanos, en esencia, son seres sociales. Las personas todas vivimos en un mundo donde el otro, la otra, los demás forman parte insoslayable de la cotidianidad. No me atrevería a identificar una sola situación en la vida de cualquier individuo, no importa si gratificante o no, que no se relacione, directa o indirectamente, con algún otro u otra. Incluso cuando los dilemas humanos pasan por las abstractas dificultades existenciales, esta existencia no transcurre en un vacío, está contextualizada en determinado tiempo y espacio concretos, donde lo distintivo es la presencia de personas. Y más aún, es presencia comprometida que conduce a la necesidad, en mayor o menor grado, de los semejantes.

Posiblemente por ello, el concepto de bienestar no pueda entenderse si no es en el vínculo con el otro. En el proceso de la comunicación humana las personas intercambiamos mensajes, portadores de aquello acumulado por la cultura y que al ser asimilados nos permiten humanizarnos. Pero esta humanización no transcurre en un formal vacío carente de significados, por el contrario, la comunicación humana se caracteriza por un elevado dinamismo, expresado fundamentalmente a través de una alta dosis de emocionalidad, caracterizada por la presencia constante de sentimientos, afectos y pasiones, y todo ello en una compleja dinámica de dar-y-recibir.

¿Qué es la invalidez afectiva?
Ser beneficiario del cariño y la aprobación de los demás, tener personas a quienes ofrecer afecto, protección y ternura y ser reciprocado por ellas, resulta tan importante para la salud –en general, no sólo psíquica– como emocionarse con una puesta de sol o una bella melodía, entristecerse ante la desdicha de otros o encolerizarse ante los abusos y las injusticias. Se trata del complejo mundo de las emociones, acertadamente retomadas por los especialistas (Lazarus) para su estudio en las últimas décadas del siglo XX, para resaltar la importancia de aquellas complejas formaciones fisiológicas, psicológicas y socialmente determinadas que dan color y sentido a la existencia humana y que no se pueden esquematizar como simples configuraciones.

Hay personas –¡y esto no tiene que ver con la tradicional inteligencia!– (1) con especial talento para moverse y sacar partido en este complicado ámbito de los afectos; hay personas con diversos grados de incapacidad para implicarse en el mundo de las emociones; y hay personas francamente incapaces hasta de entender qué es el mundo de los afectos. En este contexto emerge formalmente el concepto de invalidez afectiva.

Si nos moviésemos sólo en el entorno de la semántica, una invalidez es una incapacidad persistente (persistente, por su sólido establecimiento y dudosa reversibilidad, e incapacidad –del latín incapacĭtas– por ser indicador de la falta de capacidad de la persona para hacer, recibir o aprender algo. El inválido afectivo es aquel con poca o nula capacidad de dar cariño, amor o afecto, de recibirlo, e incluso, incapaz para aprender a darlo o recibirlo.

Algunos tipos de invalidez afectiva
Pero no todos los grados de invalidez afectiva son iguales y este espacio no sería suficiente para abarcar la enorme diversidad que existe. Nos limitaremos entonces a algunas de las manifestaciones de mayor presencia de este fenómeno en la vida cotidiana, aunque de seguro el lector podrá identificar otras.

Empecemos por la incapacidad para recibir o saber apreciar el afecto, algo que ya hace muchas décadas Karen Horney definió como necesidad neurótica de afecto. Se trata de personas eternamente insatisfechas desde lo emocional, convencidas de que ¡nadie las quiere!, a pesar de que a su alrededor tienen personas que se ocupan de él o ella y para quienes no es indiferente, pero a los cuales les reclama más y más, y les reprocha y les culpa por no quererle. En aparente paradoja, estas personas son incapaces de dar afecto convincente a aquellos a los que constantemente está evaluando, y raramente aprobando. Para estos individuos tal vez la dificultad radique en sus propias dudas acerca de su valía como personas dignas de ser amadas.

Sin intenciones de ser demasiado explicativo en un espacio que desea motivar la meditación y generar la polémica, podría afirmarse que en la mayoría de las ocasiones estas dudas no salen de la nada; con frecuencia tienen que ver con la propia historia personal del inválido, al que no ha sido precisamente la familiaridad con el mundo de los afectos lo que ha abundado en su existencia.

Sólo a modo de ilustración: no llega de igual manera a este mundo la criatura que fue muy deseada, resultado del legítimo amor ferviente de sus padres biológicos empeñados en consumar con él o ella un proyecto de vida donde desde antes de nacer se le asigna un lugar protagónico, en el seno de un sistema familiar que lo espera con ansias y lo acoge pletórico de cariño, que aquella criatura que llega de manera inesperada o indeseada, o aquella que llegó como “gancho” para supuestamente sostener una relación –que ninguna criatura es capaz de sostener–, o aquella a la que le “toca” llegar en un muy disfuncional sistema emocional. Cualquiera de estas últimas variantes deviene terreno fértil para las discapacidades emocionales o afectivas. Y probablemente en ello radica la fundamentación del viejo aforismo –del cual no quiero hacerme vocero absoluto por su carácter fatalista en un mundo tan complejo como el de los afectos– de que “quien no ha recibido afecto es incapaz de transmitirlo y ni siquiera sabe valorarlo cuando lo tiene”.

Una excelente colega hace muchos años utiliza en sus clases un elocuente ejemplo acerca de su labor educativa con un padre inválido emocional en aras de que fuera más afectuoso con su hijo; al final este le dijo: “Ya entendí, doctora, ¿más o menos cuántos besos diarios tengo que darle al niño?” No entendió, o mejor dicho, ¡no podía entender nada!: los besos no transmiten nada cuando están programados.

Pero hablemos también un poco de la incapacidad para dar afecto, porque hay personas que sí sienten afecto legítimo por el otro o la otra, pero son incapaces de manifestarlo, lo que –no nos equivoquemos– para aquel o aquella es como si no se sintiese. Pues para que el afecto sea percibido es deseable que se exprese de manera evidente, que el otro o la otra se dé cuenta que es beneficiario del cariño y aprecio de aquel. Para transmitir legítimo afecto se requieren acciones concretas: tocar, acariciar, besar, mirar, hablar, saber estar presente en el momento justo, es decir, manifestaciones afectivas. La incapacidad de demostrar cualquiera de estas acciones es también una forma de invalidez afectiva.

Tomemos como ejemplo el contacto físico. No olvidemos que la piel es el órgano que mayor espacio físico ocupa en el cuerpo, y en su totalidad media en la relación física de la persona con la realidad externa. ¿No conoce usted personas que parecen establecer una enorme barrera ante el contacto carnal y es como si fueran de “alambre” de tan rígidos que se ponen? Y sin embargo, ¡cuán importante es el fácil y suave, a la par que expresivo, contacto cuerpo a cuerpo para intercambiar afectividad! ¿No se ha topado usted con personas que parecen tener “manos planas” (2) y no saben tocar o acariciar a sus congéneres, aún queriendo?

Dar y recibir
Al respecto hablaba Perls acerca de la importancia de las caricias (3) que enriquecen la vida de las personas, en una linda metáfora que dice: “a aquel que no recibe caricias se le seca el espinazo”. Tal vez debió añadir que no menos se seca aquel que es incapaz de transmitirlas. Acercándonos desde las frases de Perls al refranero popular al referir que “el rostro es espejo del alma”, ¿no coincide conmigo el lector en que, en realidad, el rostro de personas con una afectividad lacerada parece expresar fehacientemente toda su sequedad emocional? ¿No ha visto o conocido personas, no importa momento del ciclo vital en que se encuentren, cuya amargura o acidez emocional transfigura sus hermosos rostros dándoles una triste expresión de “limoncito arrugado”? ¿No serían las caricias un buen “antibiótico” para la poderosa y corrosiva “bacteria” de la invalidez afectiva en cualquiera de sus manifestaciones? ¿No asusta pensar que por su carácter altamente contagioso este fenómeno se puede convertir en epidemia? ¿No es legítimo asumir que la invalidez afectiva no tiene por qué ser crónica y algo se puede y debe hacer, al menos para mejorarla?

No pretendo agotar el tema. A modo de iceberg, solamente he mostrado una pequeña parte de alta significación para la vida de las personas. Tampoco pretendo convertirme en paladín de algo que nos concierne a todos y en el cual, de seguro, todos tenemos nuestras “zonas erróneas” (Dyer). Sólo deseo llamar la atención acerca del hecho de que no “se acabó el querer”, de que aún en los más difíciles tiempos los sentimientos, las emociones y las pasiones, la ternura y el cariño, no pasan de moda, estarán siempre ahí para tributar mucho al bienestar, la salud y la calidad de vida de las personas. Todos estamos convocados a identificar y hacer frente a cualquier manifestación de invalidez afectiva.

(1) A finales del siglo XX, el tema de las emociones cobró especial significación, y abundan nuevas e interesantes propuestas entre las que alcanzó popularidad la de Daniel Goleman de inteligencia emocional.

(2) Como analogía psicológica al defecto ortopédico de “pies planos” que tanto limita a las personas en su desempeño físico.

(3) Aunque estas no se limitan sólo a su expresión física.

Bibliografía consultada
Dyer, Wayne. Tus zonas erróneas. 46ª edición. Editorial Grijalbo; 1996.
Goleman, Daniel. Inteligencia emocional. Edit. Kairós; 1996.
Horney, Karen. The Neurotic Personality of our Time. New York: Norton; 1937.
Lazarus, Richard. Emotion & Adaptation. Oxford Press; 1991.
Perls, Fritz. Gestalt Therapy. New York: Dell; 1965.

Edición web: Magaly Silva


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