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Esto es lo que la ciencia no ha sabido desvelar desde que comenzó la pandemia de COVID-19

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Conocemos mejor cómo es la transmisión del virus, qué problemas genera o cómo protegernos. Pero seguimos sin saber cómo pararlo o cuánto dura la inmunidad.

coronavirusEl primer brote de coronavirus fue en China en diciembre de 2019

Las primeras noticias sobre una infección desconocida que estaba causando un extraño brote de neumonía en China llegaron a mediados de diciembre. Pocos sospecharon entonces que aquella enfermedad aún sin nombre iba a poner patas arriba el mundo en el 2020 que estaba a punto de empezar. Apenas seis meses después de aquellos teletipos, la COVID-19 se ha instalado en nuestras vidas, causando la mayor crisis sanitaria de las últimas décadas y cambiando nuestras relaciones, nuestras costumbres, nuestra forma de trabajar o nuestros sistemas de salud. En este poco tiempo, hemos aprendido muchas cosas sobre el SARS-CoV-2 y los trastornos que produce. Pero también seguimos sin saber cuestiones clave, dianas fundamentales para poder hacerle frente que científicos de todo el mundo tienen en su objetivo.

«Se han hecho grandes avances en los últimos meses y cada día tenemos nuevos descubrimientos que nos ayudan a estar mejor preparados para controlar la pandemia», apunta María Lahuerta, especialista en Epidemiología del ICAP, un centro de la Universidad de Columbia en Estados Unidos,  especializado en enfermedades infecciosas.

Por ejemplo, «tenemos más información sobre cómo se transmite el virus» y sabemos que hay personas asintomáticas que pueden contagiar; que la transmisión principal se produce de persona a persona y que, en cambio, la transmisión por el contacto con superficies contaminadas cumple un papel menos clave. En ese sentido «ha sido importante ver que las medidas de confinamiento y el uso de mascarillas funcionan y han ayudado a controlar la transmisión», señala Lahuerta.

También conocemos que «no todo el mundo contagia con la misma eficacia», coincide Adelaida Sarukhan, especialista en Inmunología y divulgadora del Instituto de Salud Global de Barcelona, un centro impulsado por la Caixa. «Sabemos que la concentración de personas en espacios cerrados, con contactos próximos y prolongados favorece la transmisión», añade Sarukhan, quien también subraya los avances que se han producido en el conocimiento de la enfermedad y las complicaciones que genera en el organismo.

«Conocemos que la mayoría de las muertes se producen por una respuesta inflamatoria exacerbada y también hay muchas evidencias de que las personas mayores, con patologías crónicas previas tienen un riesgo mucho mayor de sufrir una enfermedad grave».

Hemos avanzado mucho, pero «aún tenemos muchas incógnitas por resolver», coinciden Lahuerta y Sarukhan. Por ejemplo, «ignoramos qué inmunidad deja la infección ni cuánto tiempo dura». Tampoco entendemos aún por qué, en ciertos casos, la infección sí es capaz de avanzar en personas jóvenes y relativamente sanas o «por qué algunas personas producen más virus durante un periodo largo de tiempo que otros», comenta Lahuerta.

El rol de los niños también está rodeado de incógnitas por el momento. No se sabe muy bien por qué los más pequeños sufren, en general, formas leves de la enfermedad ni tampoco está claro cuál es su papel en la transmisión. «Parece que hay evidencias de que no son los supertransmisores de los que se habló al principio, pero se sigue estudiando su papel», añade Sarukhan.

Otra de las principales dudas gira en torno a qué pasará con el virus en nuestro entorno. «No se puede predecir. En parte, dependerá de si somos capaces de detectar y controlar las transmisiones que se produzcan», señala Jesús Rodríguez Baño, jefe del servicio de Infecciosas del Hospital Virgen Macarena de Sevilla, quien subraya que, pese a lo que se ha dicho, no hay datos que sugieran que el virus esté cambiando de perfil. «No se ha demostrado que los pequeños cambios que se han podido detectar en su genoma tengan una influencia decisiva en la gravedad de la infección». En su opinión, «los cambios clínicos tienen más que ver con el mejor tratamiento disponible y el hecho de que la incidencia de la infección ha bajado considerablemente», señala.

Todos los especialistas consultados confían en que la investigación continuará trayendo respuestas para las preguntas que quedan por despejar, aunque también la ciencia debe aprender lecciones de lo sucedido, remarcan.

«Lo que ha ocurrido con la generación de datos en esta pandemia nos debe hacer reflexionar muy seriamente», señala Rodríguez Baño. Además de luchar contra los bulos infundados que se han ido produciendo, hemos asistido a la publicación de estudios, incluso en revistas prestigiosas, con una evaluación por pares deficiente y apresurada, y a interpretaciones de resultados realizadas de forma errónea por personas no expertas en patógenos y enfermedades infecciosas. La necesidad urgente de información sobre el virus, su transmisión y los tratamientos ha tenido como efecto adverso la generación de conclusiones inadecuadamente contrastadas. Tenemos que aprender mucho de esta experiencia para el futuro», reflexiona el infectólogo.

Lahuerta añade que también es clave «mejorar los sistemas de prevención y control de enfermedades emergentes para evitar volver a una situación similar en el futuro».

agosto 07/2020 (Diario Médico)